22 de febrero de 2012


Que se oigan en todas partes mis últimas palabras. Que se oigan en todos los mundos mis últimas palabras. Oigan todos ustedes, sindicatos y gobiernos de la tierra. Y ustedes autoridades que apañan negociados inmundos concertados vaya uno a saber en qué letrinas para apoderarse de lo que no es de ustedes. Para vender el suelo bajo los pies de los que no nacerán.

William Borroughs, en Expreso Nova. 1964.

9 de febrero de 2012

Arte y luz


Entrevista con Fernando Henry, músico

“¡Arte y luz!”, saluda Fernando Henry, músico uruguayo, al poner fin a sus correos electrónicos. Nos hemos estado escribiendo, por una cosa o por la otra, desde que lo conocí un domingo de enero en la feria de la calle Tristán Narvaja, en Montevideo. Junto a otro melómano, pelilargo, poseedor de una colección de vinilos ciertamente increíble, Henry vendía sus discos y los de otras bandas amigas sobre un tablón de madera. Aquel día pasó a mis manos “Para iluminarme”, su última edición solista, descontando un EP de ese mismo año 2009.

A excepción de una voz amiga –la de Diego Presa- en uno de los tracks, Henry grabó cada instrumento que se oye en el álbum, además de ilustrar su portada y su interior. Las nueve canciones son composiciones suyas en música y letra, nueve desahogos de un cantautor germinado entre frituras de vinilo y la serenidad idiosincrática del pueblo oriental.

A la hora en que el sol ya no deja ver, entra a su rancho. Seca la transpiración de sus manos en el delantal, al cual arremanga disimuladamente junto a la pollera para poder hincarse con mayor facilidad. En la parte baja de la estrecha biblioteca de pino, discos de Los Olimareños, de Alfredo Zitarrosa, de Daniel Viglietti, de El Canario Luna, de El Sabalero se apoyan uno contra el otro y suenan secos al paso de la cola del gato. Afuera, el aire de Salto arde. Bajo el marco de la única ventana de la habitación, su nieto la ve emprender el cuidadoso trámite. La meticulosa apertura de la valija donde se aloja el tocadiscos, el etéreo pulso con el que eleva la púa, la piedad con la que descubre el disco y examina sus caras. Luego abre los dedos de ambas manos y con mínima tensión ofrenda el álbum con las palmas, insertándolo en el artefacto reproductor. Se sienta. Las manos ya descansan juntas, en el regazo. Levemente inclinada sobre la valija, observa el arar de la púa en los surcos. Lee la música. Su nieto la vive.

“Hago música por necesidad vital”, asegura Fernando Henry. Se trata de una especia de pulsión, dice, que lo lleva también a escribir –es responsable de dos fanzines, “Strawberry feelings” y “Vaca sagrada”-, pintar y dibujar. Así, dice, logra que su ser “esté en buenas condiciones de salud”. “No me propuse hacer música en esta vida, surgió como algo que estaba ahí en mis genes y que me ayuda a transitar este viaje”, sostiene.

Cuando tuvo doce años supo que quería ser relator de fútbol. O simplemente relator, como su padre. Él lo había acompañado en las transmisiones, viendo cómo narraba con voz severa los acontecimientos deportivos más populares de su tiempo: peleas de box, carreras de autos y partidos de fútbol, obviamente. El oficio requería de conocimiento, chispa y musicalidad. Era cuestión de hilvanar las frases administrando el ritmo, el aire, ahogando los silencios y nunca terminar de decir algo sin saber qué le seguirá. Por eso Fernando estudiaba y exigía a su memoria y su ingenio escribiendo revistas deportivas, comentando las jugadas más importantes de los partidos -con especial e inconfesable preferencia por los que disputaba Peñarol- y relatando sobre la imagen muda de la televisión.

El barrio Malvín Norte, en Montevideo, está identificado por el complejo habitacional más grande del Uruguay, el Euskal Erría, y por el estadio del Club Atlético Basáñez. Aquel niño, el hijo del relator, sabía que su equipo había cambiado el celeste de su camiseta cuando se hicieron cargo de él los anarquistas, que le confeccionaron uniformes mitad rojo y mitad negro. Lo sabía antes de saber qué significaba ser anarquista. O qué significaba Beatles.

Hasta hoy, Fernando Henry editó seis álbumes –entre solistas y grupales-, un libro de poesías y relatos (“Mitocondria”, publicado en 2004) y varios números de sus dos fanzines. Ninguno de los discos en formato vinilo, su favorito. “Por suerte nunca faltó un tocadiscos en casa, amo este formato”, me cuenta con un brillo en los ojos que no necesito ver. “Casi toda la música que escucho es en vinilo” sostiene, y no es posible desmentirlo habiéndolo conocido entre cientos de ellos. “Algún día editaré uno”, se promete.

Con doce años, los niños habían logrado copiar el formato íntegro. Cada uno de ellos había asumido un rol, obviando el de Ringo, al que dedicaban horas de práctica cotidiana. Cada uno de los tres, los hermanos y el primo, habían cortado y lijado sus guitarras de madera, a las que encordaron con tanza para hacer la puesta en escena. Cuando llegaba el momento, su momento, en las fiestas infantiles del barrio, alguien descubría un disco de los Beatles, lo ponía a girar y los pequeños de Liverpúl comenzaban a vibrar. Rasgaban las tanzas y sacudían sus cabezas. Hasta se animaban a Love Me Do o Please Please Me. “Quiero aprender a tocar la guitarra para ser como los Beatles de verdad”, le pidió uno de ellos a su madre. Fueron sus tíos quienes le facilitaron el instrumento para que tomara las clases. Aquella tarde, el niño comenzó a sentir que lo que tenía en sus manos se transformaba en una parte de él y que con los pocos acordes que tenía a su alcance podía inventar melodías y a cantarlas. A eso podría, dentro de poco tiempo, añadirle letras. El profesor lo notó. Para la semana entrante, el niño debía hacer una canción propia, iniciándose en el ritual de la composición.

“Cuando escucho, veo o leo algo, eso está provocando estímulos en mí que no quedan en la nada; encienden algo dentro mío, y que en una de esas inspira, impulsa, alerta”. Esa es la concepción de erudición en el mundo Henry. Están en la acervo los surrealistas de la literatura, el cine y la pintura -Baudelaire, Rimbaud, Delmira Agustini, Marosa di Giorgio, Lautreamont, Buñuel, Dulac, Cocteau, Max Ernst, El Bosco, Munch-, los cancionistas latinoamericanos de los años sesenta -Violeta Parra, Víctor Jara, Quilapayún, Inti Illimani- y toda la música clásica que podía escuchar junto a su padre mientras éste estudiaba la historia de las olimpíadas. Y los Beatles. Aunque lo suyo, asegura, es una pulsión natural: “No me propuse hacer música en esta vida, surgió como algo que estaba ahí en mis genes y que me ayuda a transitar este viaje. Casi nunca me siento a componer, salen las canciones”.

La pubertad era para Fernando una nube que se desplegaba en un firmamento de poesías, melodías e imágenes surrealistas. Para Javier, en cambio, había un mundo real, lineal, y otro subyacente que solo era accesible mediante la música psicodélica que se hacía en los años sesenta. Fue él quien le puso una guitarra eléctrica entre sus manos a su amigo y encendió el candil del rock and roll. Esa tarde, cuando le dieron un final a “Tala y ocaso” se sintieron satisfechos: su obra conceptual “El hombre del parque” estaba terminada. ¡Una ópera rock compuesta por ellos mismos! Aquel día eran como Pete Townshend y Roger Daltrey.

Fernando Henry tuvo formaciones desde mediados de los noventa, como Lúcuma, Ganges, La morsa era Paul, Rescate Merlín o Guten Tag, y hasta existe una canción con su nombre, aunque no sea suya. A la par, siempre mantuvo activa su carrera solista, que hasta la fecha ha tenido como hitos las ediciones de “Corazón Sonoro” (2002), “Ofrenda” (2006), “Para iluminarme” (2009) y “Single” (2009). Para los meses que vienen, su idea es dar forma definitiva a un disco de canciones nuevas y otro experimental, además de un simple con dos temas que grabó en Villa Serrana (Minas) el año pasado: "Búho (un mundo aparte)" y "La Baguala del solcito".

El único principio que lo rige es la autosuficiencia de la canción. Debe funcionar en sí misma. Debe ser contundente y significativa en su pureza, más allá de ornamentaciones y arreglos. Así se la concibe y así nacen.

“Tengo la teoría de que ellas, las que ya tomaron vida y las que están por surgir, habitan dentro de mí desde que nací, cada una tiene su momento para ver la luz”.