8 de diciembre de 2011

Perfumes de la vida al margen


Diálogo con Josefina Licitra, a propósito de “Los otros. Una historia del Conurbano bonaerense”.

Este clima de asfixia que impregna los pulmones

De una anhelante angustia de pez recién pescado.

Este hedor adhesivo y errabundo,

que intoxica la vida

y nos hunde en viscosas pesadillas de lodo.

Este miasma corrupto,

que insufla en nuestros poros

apetencias de pulpo,

deseos de vinchuca,

no surge,

ni ha surgido

de estos conglomerados de sucia hemoglobina

cal viva,

soda cáustica,

pis úrico,

que infectan los colchones,

los techos,

las veredas,

con sus almas cariadas,

con sus gestos leprosos.

Este olor homicida,

rastrero,

ineludible,

brota de otras raíces,

arranca de otras fuentes.

A través de años muertos,

de atardeceres rancios,

de sepulcros gaseosos,

de cauces subterráneos,

se ha ido aglutinando con los jugos pestíferos,

los detritus hediondos,

las corrosivas vísceras,

las esquirlas podridas que dejaron el crimen,

la idiotez purulenta,

la iniquidad sin sexo,

el gangrenoso engaño;

hasta surgir al aire,

expandirse en el viento

y tornarse corpóreo;

para abrir las ventanas,

penetrar en los cuartos,

tomarnos del cogote,

empujarnos al asco,

mientras grita su inquina,

su aversión,

su desprecio,

por todo lo que allana la acritud de las horas,

por todo lo que alivia la angustia de los días.


Ejecutoria del miasma.

Oliverio Girondo.

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En sus visitas a La Plata, donde nació en 1975, para la niña Josefina Licitra, el Conurbano era aquella multiforme secuencia que se representaba en las ventanillas del Ferrocarril Roca. De Constitución a La Plata y regreso, la extensión de territorio que separaba su lugar de residencia de su ciudad natal era un espacio inabarcable e indecible por sus contrastes, la severidad de sus rasgos, la inmensidad de su alcance.

Años después, una editora le propuso hacer un libro que explorara eso. Todo eso. El Conurbano. Así cundió Los Otros. Una historia del Conurbano bonaerense, editado este año por Debate.

La propuesta editorial consistió en retratar el Conurbano –cuenta la autora-, pero luego el tema fue decantando y me quedé sólo con una historia (por eso “una historia del Conurbano bonaerense”, y no “historia del Conurbano bonaerense”) que condensaba algo que me interesaba contar: la precarización en la que está sumido el primer cordón del Conurbano”.

La inmensidad de ese territorio extraño y mediáticamente satanizado, ese no-lugar asociado permanentemente al delito, la violencia y precariedad no podía ser abarcado. Para contarlo, era necesario encontrar una historia. La que atrapó Licitra sí habla de la violencia y lo precario, pero también de la maternidad, la pobreza, la marginalidad, la vida entre deshechos, la ausencia estatal, los sistemas legales paralelos. Y cuenta las desgracias que se suceden en un barrio italiano de Lanús, Villa Giardino, y su hermano informe, el conglomerado de asentamientos precarios Acuba. En ese contexto de enfrentamiento constante fluye la historia de una muerte, de una madre, del miedo y del nacimiento a la vida entre los residuos de un territorio que alguna vez fue el escenario de sueños de progreso.

Ese desencanto, ese proyecto trunco, esa imposibilidad de formar parte de lo que alguna vez se entendió como ‘progreso’, entendiéndolo como el resultado de una prepotencia de trabajo, es lo que quería contar –dice Licitra-. Más allá de que el Conurbano incluye muchos otros relatos. Pero esos relatos quedaron afuera, pues el foco estaba sólo en este aspecto”.

-En el proceso de este libro hiciste un acercamiento a un territorio -el Conurbano- que para vos era una imagen ajena, ¿cuánto creés que te amplió el conocimiento sobre ese territorio el haber hecho este libro?

-“No sé si me encontré con algo que no supiera. Digo: todos sabemos que existe la pobreza, la precarización, el dolor, el horror medioambiental, el punterismo político como –a veces- única presencia del Estado en ciertos territorios, en fin: todos hemos escuchado varias veces en qué consiste el dolor de vivir al margen. En mi caso, además, hice infinidad de notas en lugares que pueden catalogarse como ‘territorios de la pobreza’. Pero una cosa es la abstracción –o una aproximación de pocos días a ciertas historias-, y otra es sostenerle a lo largo de los meses la mirada y el relato a una persona que te dice que su vida es un infierno”.

Existía ahí otro desafío: contar lo evidente, poner en palabras lo que suponemos y se constata, la verificación de que la desgracia cotidiana y el desahucio doméstico sin caer en lugares comunes, en melodramas preconcebidos e inocentes. “Hay toda una información que es adyacente a la de la palabra hablada, y que es terriblemente elocuente –enuncia la autora-. Eso es, quizás, lo que más quedó: una certeza de la pobreza bastante más orgánica –más física- que intelectual”.

En el universo donde se desarrolla la historia, que gira alrededor de la muerte de Héctor Daniel Contreras, las madres miden el tiempo en embarazos, las disputas las dirime un emperador rompehuesos y la muerte se adhiere a la piel junto al hedor de las curtiembres y los líquidos pútridos que brotan del suelo.

Inmersa en ese mundo ajeno, como en una inversión de Alicia en El País de Las Maravillas, Licitra no elabora un personaje del narrador. Ella está allí por un tiempo, como una expedicionaria, tomando nota de una historia que no es la suya ni la de su estrato social. En lo que quizás sea el punto culminante de recorrido por el escenario de la historia que narra, Licitra cruza el Riachuelo de madrugada, con el paso inseguro de una inexperta, sobre los durmientes de unas vías de ferrocarril inutilizables, de la mano de un puntero político, para poder ingresar a La Salada. Allí, cuando un paso en falso significa caer al vacío, los nervios de la autora estallan: “No quiero llorar. Todo huele a frito. Olor a humo y a frito. ¿Y mi hijo? ¿Y mi marido? Quiero volver con mi hijo y mi marido. Soy una mujer de clase media haciendo un libro sobre pobres, las cosas como son. Quiero irme”, escribe.

-“Escribí ese tramo con el mismo cuidado con el que intenté escribir todo el libro. Pero luego, sin dudas, fue ese capítulo (y ese fragmento en especial) el que fue rescatado por los lectores como ‘el’ pico de tensión de Los Otros, el más elocuente y el más impactante, lo que confirma que los libros se escriben en la cabeza de los lectores. Quizás esa escena resume de manera más explícita una idea de narrador que recorre todo el libro: no me presenté –no lo hice en esta historia, ni creo haberlo hecho en ninguna otra- como una narradora íntegra. Las personas íntegras no existen. Y si existen, preferiría no sentarlas a mi mesa. Por mentirosas”.

Licitra ha dicho que solo puede escribir desde allí, desde sus fallas. “Todos arrastramos nuestra propia grieta –expone-, nuestros prejuicios, nuestra historia, o sea: nuestra subjetividad produciendo relato a tiempo completo. Y creo que esa ‘falla’ tiene que aparecer en el libro: uno debe poner sobre la mesa los preconceptos –incluidos los prejuicios de clase- desde los que escribe. La mirada honesta –no sólo sobre los otros, sino también sobre mí- es lo único que me ayuda a defender mi texto”.

El libro concluye con un fallo judicial que no deja conforme a nadie. Licitra, invitada al juicio por las dos partes en conflicto, quienes la recibieron con similar amabilidad, asistió a la lectura de la sentencia sin saber de qué lado ubicarse. La lectura del juez fue seca, administrativa. Se condenó a un hombre y no se solucionó nada.


-¿Alguno de los personajes principales del libro lo leyó? ¿Cuál fue su opinión?

-“Creo que lo leyeron casi todos. Hasta ahora la opinión es favorable. Se sintieron contados –dicen- con justicia”.


*Foto de Axel Chaulet.

1 dejaron su parecer:

vender en internet dijo...

Precioso, soberbio y a la vez humilde. Sigue escribiendo amigo, me encantó pasar 20 minutos leyendo este extracto