
Mister América en Estación Provincial.
Era noche de martes y, cuando hubo luz, cuando el salón estuvo claro como el fango, apareció un hombre con cara de otro y enmarcado en traje oscuro planchado.
Se acercó hasta el círculo donde cantaría, con una pipa dulce en la mano izquierda y el paso zigzagueante, como si cruzase de piedra en piedra un hilo de agua invisible.
Como una serpiente, el hombre, el pequeño gran hombre, comenzó a revolverse en el mismo instante en que dos de sus hipnotistas hicieron retemblar en las yemas de sus dedos las cuerdas de sus guitarras. Entonces el hombre abrió sus ojos, los rasgos de su rostro se hicieron más profundos y su cuerpo ya no dejó de moverse.
Su voz, un felino de cuero terso con garras de lince, acalló con un bramido el rumor del salón. Los ojos se hincharon en un instante sobrenatural, y ya no hubo nadie más que él.
“Es necesario que la forma tienda a la abstracción –escribió hace un buen tiempo Roland Barthes-, lo que, como se sabe, de ningún modo es contrario a la sensualidad”. Gustavo Astarita y Mister América parecen estar en este mundo para corroborarlo. Es necesario para que el arte no sea una literalidad intencionada, sino descriptiva; para que el sentido se complete en el otro y así sea realmente conmovedor; y para que presenciar un recital se convierta en una experiencia única cada vez que ocurre.
No estaremos diciendo nada nuevo si afirmamos que Mister América es una banda de rock única e irrepetible, un botón de muestra de la identidad sociocultural platense, con su abolengo y su elitismo, su ilustración y sus mitologías.
Pero sí debiéramos aclarar que cada presentación de Mister América también es única e irrepetible. Aquella noche de principios de agosto en Estación Provincial, en ocasión de un acto de solidaridad recaudatoria para montar una sala de cine en ese centro cultural del Meridiano V, Astarita fue (es) un reptil que fue cambiando de piel con sus canciones, ora llameante, ora enmarañado en una danza narcótica. Porque Astarita es un intérprete de sí mismo que evade el puntillismo fonético y la dramatización abusiva de letras y climas, un performer a quien es imposible quitarle la mirada de encima por la delicadeza de sus movimientos, por lo evocativo de su voz. Quizás por esa imantación se recluya detrás de sus compañeros cuando ellos ejecutan con precisión de orfebre alguno de los fraseos o solos que forman parte hace tiempo de las deidades sonoras de esta ciudad.
Pero además, Astarita tiene una gran estimación por su público. Desde siempre su arte ha sido lo que se considera “elitista”: un arte que busca superar la llanura del entretenimiento y, asomando la cabeza por sobre la superficie de la cultura, acercar al hombre a la verdad. Cada noche, Astarita pone en práctica sus principios y esquiva la presentación de las canciones, improvisa saludos económicos e invita a descartar lugares comunes y entrar a la música. Ese hombre, ese artista, no toma al público como ingenuos “a quienes es necesario darles el trabajo masticado” sino que lo interpela a mirarlo, a tocarlo, a escudriñar su mirada, a escucharlo con la piel. Astarita cree en su poder y por eso nunca teme. No teme y jamás duda de que su público lo haya captado suficientemente. ¿Qué estima más grande puede tener un artista que invitar a su público a entrar a su obra? Astarita no acaricia el ego del público ni estimula celebraciones falaces, sino que lo interpela, lo que implica una obra total.
En el citado texto, dice Barthes: “el arte es también una ambigüedad que contradice constantemente, en cierto sentido, su propio mensaje; sobre todo la música, que en sí nunca es ni triste ni alegre”. Su autor, su intérprete y más, su escucha, la hacen triste o alegre. Es ahí, en la experiencia de la escucha, en la percepción auditiva y visual donde se hace la música y se completa la obra. Ir a ver a Mister América es eso. Y cuando lo vemos a Astarita revolviéndose en sí mismo como calcinándose en su canción, como si el fuego de obra lo devorase, no es él quien arde, sino nosotros.
Texto para De Garage Nº 46.
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