
Escribí esto hace un tiempo:
“Los sueños no son puras invenciones. Algo está flotando en el aire para que soñemos. Y más precisamente, hay historias que se convierten en sueños”.
Todavía hoy creo lo mismo, tras decenas de escuchas del primer y único long play de La Cofradía de La Flor Solar, la primer gran banda de rock de La Plata.
Y aún hoy, La Cofradía está envuelta en la mitología de Patricio Rey y hasta hay quienes la obvian en la historia de la música platense. O lo que es peor: la refieren como una anécdota pintoresca en la línea de tiempo del rock local.
Pero La Cofradía de La Flor Solar, además de ser quizás la primera comunidad hippie de la ciudad y el caldo de cultivo donde germinó el mayor movimiento de la cultura rock argentina, fue banda autora de “un discazo” (Kubilai Medina dixit) de cuya edición se cumplen 40 años.
La leyenda
La historia, las crónicas y la leyenda dicen que La Cofradía fue primero un comunidad hippie, más tarde un grupo artístico y luego una banda de rock, o todo al mismo tiempo.
En La Plata, la persecución resultó el empujón definitivo para que Requena y Paz, junto a Néstor Candi, Hugo “Pascua” García, Ricardo “El Mono” Cohen y algunos y algunas más pusieran la piedra fundamental del mito de La Cofradía De La Flor Solar. Juntos, los jóvenes estudiantes alquilaron una casona antigua que daba a la avenida 122, de modo que la convivencia abaratara la vida de cada uno de ellos.
Aquel motivo de escaso tenor romántico dio nacimiento a una comunidad ¿hippie?, donde se desarrollaban artes como la plástica, el cine, el teatro, la escenografía, la música, la poesía y convivían hombres con mujeres, entre otras atrocidades. Un convite de creatividad que sustentó el ímpetu de Morcy y Manija, a los que se sumarían sus coterráneos Kubero Díaz, Néstor Paul y Rubén “Tzocneh” Lezcano, el primero guitarrista sub-veinte y los otros dos compadres en la agrupación Los Batman. Morcy y Manija fueron a buscarlos a Entre Ríos; argumentaban que Kubero era imprescindible para la calidad musical que La Cofradía debía alcanzar. No se equivocaban.
Pero como esta historia tiene miles de recovecos, de sub-historias tan increíbles como la general, hay que decir que el grupo musical La Cofradía De La Flor Solar ya había nacido prematuramente. Y de la mano de Pipo Pescador. Sí, no hay ningún error de tipeo ni extravío mental en el autor. Pipo Fisher (más tarde Pipo Pescador) lideró, con su acordeón, a la primera Cofradía: un grupo de percusión compuesto por los cofrades Manija Paz, Hector Candi y Abel Faccelo que se presentó por única vez en Punta Lara en 1967. Cuando terminó la presentación, (tal vez en un único acto de justicia) los llevaron presos.
La historia
El relato “oficial” de La Cofradía De La Flor Solar, la banda de rock que grabó el disco de 1971, tiene su hito fundante el día de la primavera de 1968, cuando el trío entonces compuesto por Morcy Requena en bajo y voz, Manija Paz en batería y Hugo “Pascua” García en guitarra toca por primera vez en La Plata. La llegada de Kubero, en 1969, retraerá a Pascua a la segunda guitarra hasta su partida al Amazonas, donde (en otra historia increíble) encontrará la muerte.
El trío Morcy-Manija-Kubero sería, entonces, la formación clásica de La Cofradía y el núcleo musical de las grabación de aquel LP. Porque, como contó El Mono Cohen en una entrevista con Alfredo Rosso en 1996, no sólo los tres músicos eran la banda: “El clima de las sesiones era como todas las cosas que hacíamos en la Cofradía. Iba toda la familia. Parecía que llevábamos el gato, los colchones... Cuando había giras viajaba gran parte de la comunidad, era como una manifestación. Y en los estudios también. Se sentaban, prendían los inciensos, algunos se fumaban un porro, otros comían pasteles... las chicas traían grandes tortas... En fin, el clima era bien de la época. Por eso hay muchos agradecimientos en la tapa del disco”.
Pero antes del disco se grabó un simple grabado por RCA en 1969, cuyas sesiones salieron a la luz en una reedición reciente. En esos días, cuenta Morcy Requena en la entrevista que acompaña la reedición, la banda “estaba en plena fiebre compositiva” y aplomada en sus performances luego de protagonizar “Las 30 Horas de Rock”, otra mini historia increíble que presta el primer ejemplo de festival de rock en el país, en La Plata e ideado por El Mono Cohen. Allí tocaron (además de La Cofradía), Arco Iris, Pajarito Zaguri, Hielo, Manal y unos jóvenes con carita de nene que tenían un grupo beat llamado Almendra. Y hete aquí otra micro historia de desencuentros: por medio de Cohen y Luis Creus (otro cofrade) los Almendra y La Cofradía se habían conectado, colaborando mutuamente en la organización de fechas y la logística tan precaria de entonces. Los cofrades habían logrado que los porteños le prestasen sus equipos para tocar, lo que potenció mucho su música y su fama en el ambiente. Pero, de algún modo, la banda de Spinetta, García, Del Guercio y Molinari retrasaría los tiempos de La Cofradía: “muy pronto vimos que (en RCA) perdían el entusiasmo; ya no nos daban horarios, la cosa se demoraba demasiado… Fue entonces cuando descubrimos que en esos días también estaba grabando Almendra, y en esa época, si vos eras del mismo ‘palo’, te cajoneaban y se concentraban en uno solo de los artistas”, recuerda Morcy.
Almendra editaría su primer álbum y La Cofradía su EP, pero con material como para registrar un larga duración.
El disco
“El disco es una joyita para mí -me cuenta con su voz aplacada, desde algún punto de Buenos Aires, Kubero Díaz-. Creo que es uno de los discos más importantes del rock nacional”. El disco editado finalmente en 1971 tuvo originalmente ocho temas compuestos en su mayoría por el dúo Kubero Díaz-Néstor Paul, a excepción de “Se ama o no se ama”, de Requena.
Los músicos fueron Morcy Requena en bajo y voz, Manija Paz en batería y percusión y Kubero Díaz en guitarras y voz, un “gran músico, hábil, agresivo y dulce al mismo tiempo, un músico limpio y transparente como su música”, según se lo describió a De Garage Billy Bond, el productor del disco y responsable de la abducción de los cofrades para su proyecto La Pesada. “Kubero Díaz: el autor de LA PÁLIDA CIUDAD!!!” recordó, como diciendo todo desde algún punto de Europa, uno de los grandes mitos vivientes del rock argentino.
También hicieron sus incisiones en el larga duración Quique Gornatti y Skay Beilinson, quien prestó su precoz talento en la guitarra y alguno de los equipos que trajera de su estadía europea para Diplodocum Red & Brown. La lista de “apoyo logístico” es, por supuesto, muy extensa.
El disco fue grabado en tiempo récord: “fueron 22 horas donde grabamos un ensayo”, recuerda Kubero. “Porque teníamos muy bien ensayado un repertorio que a Billy Bond le gustó y nos preguntó si lo queríamos grabar al otro día. Y así se hizo”. Todo verdad, a excepción del primer tema: “Recuerdo haber compuesto una canción un día y grabarla al otro. La ensayamos camino a Buenos Aires y en el ascensor de la grabadora, se lo mostramos a Billy Bond, le encantó y la grabamos aunque los músicos ni la sabían. Ese tema era ‘(Quiero ser una) luciérnaga’, que abre el disco”.
“Mi vieja siempre ponía ‘yo quiero seeeerrrrr, una luu ciernagaaaaaaaaaaaaaaa, cooon luuuz propiaaaaaa’”, me cuenta desde alguna computadora en esta ciudad Kubilai Medina. “De chico lo escuchaba bastante y a mí me gustaba mucho... ahora hace bastante que no lo escucho, pero la verdad que es un discazo”, afirma una de las voces de Mostruo! “Además, el disco esta muy en sintonía con el momento musical, un disco que bien podría haber sido de Os Mutantes”, piensa Kubo quien, en algún genoma, también es un cofrade: Alejandro, su padre y bajista de Manal, era uno de los que pasaban “largas temporadas” en la casona de 122.
Durante el disco, el trío fluctúa en distintos climas, algunos propios del origen litoraleño de los músicos y otros tan ajenos como el “sonido San Francisco” de Jefferson Airplane; a la vez que acusa los primeros golpes de la influencia de bandas como Cream o The Jimi Hendrix Experience.
“Nosotros escuchábamos cosas que por ahí todavía no habían llegado acá: los Who, el primero de Pink Floyd, el primero de Led Zeppelin, Cream, todos discos que nos trajeron los hermanos Beilinson de Europa –narra con excitación juvenil Kubero-. Porque si no tenías algún amigo piloto o alguien que te los trajera no podías acceder a ellos”.
El concepto de comunidad que manejaban los cofrades no implicaba una restricción sino todo lo contrario. En ella convivían infinidad de expresiones artísticas (la cofradía creó una ópera-rock, obras de teatro, construyó sus propios instrumentos musicales y un proyector de aceite, por ejemplo) e individuos. Con el tiempo, se sumarían a La Cofradía “La Negra” Poli, los hermanos Beilinson, (Skay, Guillermo y Daniel) Bernardo Rubaja (que tocaba el órgano Hammond) y Topo Daloisio (que, como los primeros, formaría parte de uno de los futuros engendros paridos por la comunidad: Patricio Rey Y Sus Redonditos de Ricota), entre otros.
Como Billy Bond quien, finalmente, sería el detonante del álbum de La Cofradía. Bondo, mientras lideraba el proyecto de La Pesada (en el que La Cofradía colaboraría), buscaba nuevas bandas para el mítico sello Mandioca. La fuerza en vivo del trío hizo que los incluyera en el compilado “Pidámosle Peras a Mandioca”, que vería la luz en 1970. Ese mismo año, Bond le consigue a la banda treinta horas gratuitas en los estudios del sello Microfón y los músicos registran lo que a la postre sería un clásico del rock argentino.
Curiosamente, aquel disco de 1971 marcó el fin de esta profusa historia. “Hubiese sido genial que hubiera un segundo, un tercero y un cuarto, pero se terminó ahí”, se lamentó, como dibujando el suelo con la punta de sus pies, Kubero Díaz.
El grabado de Cohen que ilustra el interior de la edición original, y que contrapone a “los gordos” de la opulencia y el materialismo frente a los cofrades que, flacos y hambrientos, abren la puerta a un gordo (Billy Bond) que les traería la prosperidad, fue al fin, un cierre absurdo.
Texto para De Garage Nº46
0 dejaron su parecer:
Publicar un comentario