
Fue entonces que el finado Salvador mandó llamar a Agustina y le ordenó irse.
- Vayasé m’hijita –le dijo-. Se lleva mi corazón que es lo único que tengo para ofrecer. Yo quiero darme el lujo de elegir mi muerte.
Y le dijo:
- A usted le dejo un nombre limpio y un oficio. Con eso va a tener de sobra para vivir.
La tardecita se iba poniendo silbadora.
Y éste es el final del cuento.
Porque fue de sombrero y todo, que el finado Salvador lo recibió al Salado. Viendo cómo entraba por la ventana para asesinarlo.
Era un poco a la antigua.
No aguantó perder tantas cosas.
-¡Traidor! –le dijo el finado al río.
Y el Salado se le subió al pescuezo.
Eduardo Mignona, en Cuatrocasas. 1979.
2 dejaron su parecer:
Este tendría que haber ido el 11; se me hizo tarde.
Nunca es tarde para estas genialidades, Lucio. Gracias.
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