17 de septiembre de 2011


Fue entonces que el finado Salvador mandó llamar a Agustina y le ordenó irse.

- Vayasé m’hijita –le dijo-. Se lleva mi corazón que es lo único que tengo para ofrecer. Yo quiero darme el lujo de elegir mi muerte.

Y le dijo:

- A usted le dejo un nombre limpio y un oficio. Con eso va a tener de sobra para vivir.

La tardecita se iba poniendo silbadora.

Y éste es el final del cuento.

Porque fue de sombrero y todo, que el finado Salvador lo recibió al Salado. Viendo cómo entraba por la ventana para asesinarlo.

Era un poco a la antigua.

No aguantó perder tantas cosas.

-¡Traidor! –le dijo el finado al río.

Y el Salado se le subió al pescuezo.


Eduardo Mignona, en Cuatrocasas. 1979.

2 dejaron su parecer:

L.L. dijo...

Este tendría que haber ido el 11; se me hizo tarde.

Ana Clara dijo...

Nunca es tarde para estas genialidades, Lucio. Gracias.