25 de agosto de 2011

Decir belleza


A mi colega y amiga Ana Bórmida

Se había demorado en uno de los ojos. Dilató el trabajo delineando los párpados, remarcando la curva obscena de la nariz. El trazo grueso del pincel sobre la tela marcaba el tempo de la música rugosa, estruendos en aquella sala de pinacoteca.

Hablamos de un hombre pequeño, hasta diminuto. Con un cabello fino como el de una muñeca. El flequillo, calculado en su extensión y ángulo con método religioso, se suspendía sobre la ceja izquierda del rostro, una lámina incolora como el axolotl. El gris de los ojos evocaba la llanura helada de la estepa rusa y la insensibilidad de una zarina despechada.

- Estoy listo –anunció-. ¡Ah! Pero algo falta; ¿café?

Se puso de pie con la agilidad de una bailarina y se desplazó en pasos de patín hasta la pequeña cocina.

- Sucede que estoy muy ocupado, puesto que estoy a horas de regresar a Europa –dijo desde aquella habitación.

Desde los años sesenta, Marcial pasaba apenas unas semanas en Buenos Aires. Su vida, con todo lo que ella concierne, transcurría en París, Nueva York o Londres. Su obra, decía, era mejor retribuida en países “más desarrollados”.

- Mucho me temo no serles de gran ayuda –advirtió-, pero prestaré toda mi buena predisposición para un trabajo de este tipo.

Regresó de la cocina con una pequeña bandeja de plata entre las manos. Traía café y edulcorante en una botella plástica. No tengo azúcar, se disculpó, sólo tengo “este líquido para endulzar”. Apoyó las infusiones en una mesa de cristal que estaba a la altura de nuestras rodillas y se sentó, cuidadoso, sobre el sofá. Estiró las mangas de su sweater y alisó las líneas de sus pantalones con delicadeza, verificó con la punta de los dedos la posición de su flequillo e invitó, con la mirada, a sorber el café.

- Conocí a Federico en un departamento –comenzó antes de que pudiéramos preguntar-, no sé muy bien de quién ni en qué año. Yo estaba en ese lugar y él llegó. Tuvimos un encuentro corto pero total e intenso.

Mientras hilvanaba las frases, sus ojos celestes como el hielo se perdían en algún sitio del techo. Nerviosas, las pupilas seguían el desplazamiento por el cielo raso de insectos invisibles. Navegando en la niebla del olvido, su vista se ajustaba frunciendo sus párpados, en la búsqueda del recuerdo exacto de aquel encuentro.

- Sí, enseguida nos comprendimos –continuó tras un espaciado silencio que no nos atrevimos a interrumpir-. Él estaba muy tranquilo. Era algo que se percibía, se veía en su imagen, que era fina, finísima, pero nunca impostada. Él estaba tranquilo.

Las manos recorrían las piernas, dibujando un remolino sobre las rodillas. Podía oírse la piel de las manos en fricción con la tela de los pantalones.

- Quizás teníamos conciencia de que nos habíamos alejado definitivamente del proyecto que eventualmente tendrían nuestros padres para nosotros –continuó en aquel trance, que mantenía la luz de su mirada en una introspección etérea, vacilante e imperfecta-. Nosotros, pertenecientes a una burguesía, nuestros hermanos, nuestros primos; todos iban a la universidad, se preparaban para estudios académicos y el hecho de que Federico no haya estudiado nos hace parecidos, porque nos tiramos en piletas vacías, las llenamos nosotros. Nos inventamos.

El hombre tiene la costumbre de cerrar sus frases con una mirada impávida, casi hipnótica.

- Oyendo los temas de Federico yo veía la ciudad de La Plata –continuó-. Yo reconocía una sensibilidad cercana, hecha de los mismos paisajes, los mismos edificios, las mismas costumbres, el irse de las mismas costumbres, el tomar distancia con ciertos principios, con ciertos tabúes. Había una serie de movimientos en sus canciones, en las palabras, que evocaban en mí un mundo comprensible, una actitud comprensible.

¿Distancia de qué? De todo. Como Federico, Marcial dejó la ciudad y con ella la familia, las costumbres, el destino, para buscar cómo hacer un camino propio, nuevo, inventado.

- Él –enfatizó- quería adquirir una perspectiva personal, individual. Pese a que era muy bueno para trabajar en grupo. Eso no quiere decir que fuera individualista o egoísta. La verdad es que toda su producción es el resultado del trabajo en grupo.

Marcial tiene la firme convicción de que el trabajo en grupo no es para él, qué funciona de manera distinta, que producir le implica un letargo intimista a veces cortado por arranques de furia, pero siempre solitarios.

En cambio Federico… Federico, ese ángel.

- Tengo el recuerdo de su físico, de sus ojos, de su cara. Pienso que tenía, en el escenario (lugar donde nunca lo ví) algo distinto, pienso que el escenario le serviría para expresarse de otra manera –concedió, en una única apertura de su discurso a una incisión de parte de sus entrevistadores-. Porque era alguien, aparentemente, no apagado, pero a la escucha.

Marcial necesitaba cargar sus descripciones de teatralidades puntillosamente lacradas y medidas, como dibujando con luz sobre el aire.

- Es eso lo que yo percibí –dijo reclinándose en su sillón blanco-. No era alguien que fuera a hacer alharaca en una fiesta. Él era sobrio, era de una gran sobriedad.

Federico no era tímido, tampoco miedoso. Fue, quizás, uno de los hombres más valientes de su generación.

- Creo que él tenía un olvido de sí mismo. No tenía un narcisismo, no llegó a estereotiparse.

Dejé mi taza de café en la mesa de vidrio y, como Marcial, me recliné en el sofá. Su mirada perseguía fantasmas por la habitación blanca y yo oí cómo, en las aberturas de la ventana, soplaba el viento. Miré el reloj. Oscurecía.

- Hay algo que dijiste –volvió, de repente, Marcial-. Él era un ser delicado. Por eso disfrutaba del diálogo y disfrutaba de lo que el otro decía. Quizás, también, eso tenía que ver con su actividad, que era juntar unas palabras, ponerles una música, y oírla, y decir belleza.

3 dejaron su parecer:

capriyunliuz dijo...

me parecio muy interesante...definitivamente ese federico parecia ser una persona muy interesante

DUHALDE DAFT PUNK dijo...

Gracias morbid angel!

Ana Clara dijo...

Nunca antes había visto una persona tan enamorada.

Gracias colega y amigo por la dedicatoria...