
A doña Gracia le bailan los ojos andaluces. Simón del Rey sospecha que no le ama y de noche, en el lecho matrimonial que parece un altar entre tantos ex votos, reliquias, escapularios y palmatorias, se inclina sobre su bello rostro, con paciencia de pescador, para atrapar lo que murmura en sueños. Alguna vez se escapa de los labios de su mujer un nombre: un nombre y nada más, que se echa a nadar con agilidad de pececillo entre las sábanas, las almohadas y las tablas de devoción. El prestamista lo aprisiona en su tendida red. Al día, doña Gracia deberá explicar quién es Diego o quién es Gonzalo, y siempre son parientes lejanos o amigos de su hermano mayor, que acudían a su casa cuando era niña. Simón masculla una frase ininteligible y se mete en su aposento, a embolsar las monedas de plata y a calcular cuánto le adeudan su suegro y sus primos políticos.
Manuel Mujica Láinez, en El espejo desordenado. 1950.
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