
la oirán croar, croar toda la noche,
croar arriba y abajo, al este y al oeste,
hasta que el ojo monótono de la luna llore en los pantanos,
hasta que cese el espanto y empiece la eternidad".*
Murió un hombre. Eso ocurrió hace ya un año. Era un hombre que se había hecho poeta y que ahora, en su muerte, se hizo poema.
Como todo hombre bueno –o como ninguno- tuvo amigos, cultivados quién sabe cómo; enlazados quién sabe desde cuando; hermanados hasta sabe quién cuál eternidad.
El hombre se llamó Horacio y se apellidó Castillo. Su muerte imposible le llegó hace un año y sus amigos se han reunido aquí para mantenerlo en vida.
En el estrado, que más que estrado parece la cabecera de una gran mesa a la que se sientan todos los invitados de esta tardenoche, están, de izquierda a derecha, César Cantoni, Rafael Felipe Oteriño, Gustavo Martínez Astorino y Horacio Preler.
El primero y el último tratarán de ceñirse a su función de coordinadores y rescatarán el valor estilístico y gnoseológico de la obra de Castillo. Martínez, el más joven, adelantará algo de un futuro libro: “Conversaciones con Horacio Castillo”, fruto de cinco años de diálogos con el escritor. En él, nos adelanta Martínez Astorino, Castillo no sólo habla de su poesía (que es él) sino también de él (que es su poesía). Castillo hablará de su infancia en Ensenada, de dos recuerdos que lo marcarán y se volverán recurrentes en él (en su poesía): una gran inundación que marcó con una línea parda las paredes de su casa y el incendio de un buque petrolero, ambos sucesos ocurridos en la primera mitad de los cuarenta, cuando Castillo ni siquiera contaba diez años.
“Es una presencia que vino a dividir aguas”, dice Rafael Felipe Oteriño, amigo del poeta, confidente de la poesía. “En la literatura platense viene a modificar la tradición”, se anima. En Castillo convivían dos fuerzas, agregará Oteriño: el culto a los lazos de amistad y de familia y una pulsión hacia lo otro, “un hambre de mundo” que lo llevará de viaje por su admirada Grecia y lo devolverá, sediento de sus compañías. Una metáfora del recurso del contrapunto y los extremos en su obra. Castillo es, para alguien que lo conoció en el oficio y en la intimidad, un “pop-clásico”; alguien capaz de digerir cultura previa para hacer una poesía del presente.
Nacido en Ensenada en 1934, Horacio Castillo vivió desde su primera juventud en La Plata, donde falleció el 5 de Julio de 2010. Fue poeta, crítico, ensayista, traductor, abogado, periodista y miembro de número de la Academia Argentina de Letras y correspondiente de la Real Academia Española.
Su catálogo incluye los libros de poesía Materia acre; Tuerto rey; Alaska; Los gatos de la Acrópolis; y Mandala, entre otros. Además, tradujo poesía griega: Epigramas de Calímaco, Poemas de Odysseas Elytis, Romiosini y otros poemas, de Yannis Ritsos y Raíces en el tiempo, de Spiros Vergos pueden leerse en nuestro idioma gracias a él. La historia dirá, también, que publicó ensayos como La luz cicládica y otros temas griegos, y Sarmiento poeta. Que recibió numerosos premios nacionales y que fue nombrado Ciudadano Ilustre de La Plata.
En un artículo conmemorativo, Sandra Cornejo nos recuerda que en Colectánea, Castillo escribe: "…Wang Fu, aquel pintor condenado a muerte, le pide al emperador que lo deje terminar una marina. El emperador le concede la gracia y Wang Fu se pone a trabajar: da los últimos toques al índigo del mar, pule el movimiento de las olas, retoca el tono de una barca. Y, tras la última pincelada, sube rápidamente a la embarcación y se aleja por el cuadro".
Más tarde, la misma Sandra Cornejo, Gustavo Caso Rosendi, Patricia Coto, María Cecilia Font, Silvia Montenegro, Martín Raninqueo y Luis Soulé se sentarán al estrado para leer a Castillo y su croar, en la noche fría, será más fuerte.
*Croar del alma, de Horacio Castillo en Alaska. 1993.
2 dejaron su parecer:
Una descripción tan exquisita como la escritura del homenajeado. Como siempre Lucho, nada más que deleitarme con lo que escribís.
Slds.
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