- Hola Ignacio, buen día, cómo estás.
El tipo hace tres meses que no me paga. Con sólo reconocer su falta sabría que no ando de mil maravillas.
- Mal. No tengo dinero.
- Yo estoy igual mirá… - es sorprendente cómo, de un instante al otro, pasa a ser él la víctima- tengo tres anunciantes que me tienen ahogado. No sé qué se creen estos tipos. Pero bueno, hay que seguir. Escuchame, me llegó una gacetilla, parece que hay una mesa de poesía, eso te gusta a vos, ¿no? ¿podés cubrirla?
El tipo, un comerciante más de una ciudad de comerciantes de vuelo corto, regentea una revista de interés general, con todo lo que el concepto opaca. Un lugar donde escriben periodistas en desgracia y escribas prostituidos, si no ocurre lo peor: que escriba él mismo.
- Mirá, yo no tendría problema. Aunque quisiera que primero se me pagase al menos una…
- Bueno, perfecto, yo ahora te mando el mail para que veas la dirección y eso. Ah, y sacate unas cuantas fotos que eso a la gente le gusta.
De modo que ahí estaba otra vez, diciendo que sí cuando había querido decir no. La gente –esta gente- se aprovecha de cosas como yo. Podría iniciar una carrera de dominó, poniendo en competencia mis virtudes y la suyas, sus ganancias y las mías en este cuadro de situación. Podría afirmar, sin ningún remordimiento, que su publicación es una mierda. Aunque también sería justo decir que yo fui incapaz de encontrar un medio mejor donde escribir que la antes nombrada mierda.
Pero eso no tiene ningún sentido; sería seguir cavando en el mismo hoyo.
- Okey.
Llego temprano. La calle parece extraída de una de esas barriadas de molde del cine norteamericano. La escena es amarilla. Hay sol y las personas pasan en bicicletas que brillan. Los perros tienen el pelo largo. Si yo fuera un gran poeta, uno de esos a los que vine a escuchar, haría un gran soneto para la ocasión. Lo escribiría en un trozo de papel arrugado, con una pluma o un lápiz que con su rumor sobre la hoja ocupara el sonido de la escena. Pero soy un periodista precarizado, por lo que hasta me cuido de no encender sin absoluta necesidad mi grabador; muy nocivo sería para mi economía personal el despilfarro de una pila triple a.
Cinco minutos después del horario indicado en la gacetilla, abandono la expectación y cruzo la calle. Se oye correr la brisa y se percibe en la cara la tibieza de un sol de otoño. En la vereda de ladrillos, frente a la puerta, un cartel de cuatro patas de madera invita a los cursos y eventos del club. Lindas actividades. Busco el recital de poesía, pero no está.
- Bueno.
Dos hombres conversan, uno de ellos montado sobre el escalón de entrada al club. Sus intenciones de iniciar una charla conmigo, que estoy allí perdido, son más que evidentes.
- Disculpe –le doy el gusto-, vengo al recital de poesía.
- Ah, sí –me dice, en una mezcla de asombro e improvisada altivez- suba por aquella escalera y enfile para la primera puerta que vea, la de vidrio.
Seguí las instrucciones y pronto me vi ante la entrada de un salón de baile. Una amplia sala de forma rectangular, cuyo lado derecho, que daba a la calle, encandilaba con la luz del sol. El resto de las paredes estaban tapizadas por espejos opacos que reflejaban a los pocos presentes desde sus axilas hasta la cintura. En el medio del salón, dibujando una t, seis mesas esperaban poesía.
- Hola –un pequeño ser de cabello blanco me habló desde un punto indefinido a la altura de los bolsillos de mis pantalones.
- Qué tal –allí está. Es una mujer de pobladas cejas negras, más bien grises, cuello inhallable y manecitas inquietas envuelta en unos jeans azules y un sweater turquesa-. Vengo a cubrir el concierto de poesía para la revista Esta es la voz, si no les molesta.
- Para nada, es un gusto. Mirá qué importantes somos –le comentó a alguien inexistente-, han venido los medios.
El poeta es un tipo anticuado: lleva una camisa esmeralda encuadrada en un saco de color crudo. Llega del brazo de una mujer y un muchacho de lentes y polera de hilo, que ha de ser su discípulo. El jopo recio, la boca entreabierta, los ojos inquietos buscando alguna referencia de aquellas que encontraban en sus épocas de oro. Les pido una foto y es él el único que no sonríe.
Al fin, se acerca otra señora pequeña. Esta vez es Carmen, una mujer de esas que viven amargadas. Pero Carmen -ojos celeste mar y boca diminuta-, además, tiene una radioactividad masculina. Con anterioridad a la llegada del poeta, me ha dicho que todo esto –el club, el concierto, las mesas, los vasos de plástico, las gaseosas tibias, el olor a colonia- es una reverenda mierda, una vergüenza que un par de señoras nos harán pasar ante un poeta importante de la ciudad. Y cuando le llegue el turno, en calidad de conocedora del ilustre visitante, hacer una breve introducción a su vida y su obra, se pondrá de pie, apoyará los puños en el mantel de hule y se acalorará en un discurso desafiante y desubicado en el ambiente se alegre senilidad.
Como era de esperarse, el poeta se sentó en el vértice de la t. A su lado izquierdo, Carmen, y al derecho, la otra señora diminuta, que se llama Inés. Inés abre el encuentro y uno no sabe si ella distingue bien una reunión vespertina para el comercio de cremas de la dermis de un encuentro literario. Tal vez ninguna sea mejor que la otra aunque sí estimaría uno que difieren en algunos puntos. Agradece a “los anunciantes” que permiten la ocasión y da lugar al inflamable discurso de Carmen. El poeta cabecea y asiente al oír la voz ardiente de la señora.
Se abre, por fin, la mesa. Con cortesía, el propio poeta rompe el hielo y lee tres piezas de su autoría, previa reseña sobre sus inspiraciones. No se permite aplaudir, según se anticipó, pero se oyen algún que otro “qué bárbaro”, “qué belleza” o “hermoso” de la audiencia.
La estupefacción invade a todos cuando, finalmente, la ronda de poesía comienza. Inés ha leído algunas líneas de Gustavo Adolfo Bécquer y Carmen –las cejas rectas, las mejillas coloradas-, ha manifestado su disenso negándose a leer, como una niña orgullosa, en dos oportunidades. Hay una señora que tiene una carpeta plástica. Tiene papeles y unos lentes de marco metálico apoyados en la punta de su nariz. Es la única que se atreve. Lee. Y a cada a verso, a cada línea, levanta la vista y hace un pequeño recorrido de la audiencia. Las poesías son de su autoría pero no logran cautivar a sus oyentes. Sin embargo, lee bien y mantiene en alto la atención de su público. La desazón llega cuando, de repente y sin que haya ocurrido nada, la interrupción de su lectura se alarga más de lo acostumbrado, lo que significa que el poema ha concluido.
El desestimable éxito de la señora poetisa apichonó al resto de la mesa. El poeta no quiere seguir leyendo (huelga decir que quiere irse), por lo que el pie es para la segunda y última invitada, María Victoria, quien empuña su guitarra criolla y se dispone a cantar sus poesías. Los versos hablan de las cosas malas del mundo y de cómo, igual, hay una esperanza. Cada asistente puede seguir la letra de la canción en un flaco cuerpo de hojas abrochadas que María Victoria amablemente ha repartido.
La última mención es para los medios que hemos dado cuenta del evento.

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