De hecho, Goloboff respondió a estas preguntas al regreso de su estancia en Frankfurt, Alemania, donde representó a la Argentina en el mayor encuentro literario del mundo.
-¿Qué sensaciones le dejó la Feria del Libro de Frankfurt, donde Argentina fue el invitado de honor?
“Nuestra participación fue (y mido los adjetivos), óptima, ejemplar. Vista desde el país anfitrión, y desde los europeos, atractiva, original y de una gran categoría intelectual, literaria y personal. Hubo grandes encuentros intelectuales y afectivos (sobre los Derechos Humanos, la Shoá, nuestra comunidad judía, la Escuela de Frankfurt y sus estrechos vínculos con la Argentina, la obra de Jorge Luis Borges, la de Walter Benjamin, nuestras traducciones y tradiciones del alemán, en el movimiento obrero, en el pensamiento filosófico, en la literatura narrativa…). En fin, algo riquísimo, lleno de satisfacciones por el trabajo hecho y por las perspectivas de nuevos contactos y proyectos en común.
En el plano personal, además de haber participado en mesas y actividades sobre nuestra literatura, presenté allí mi Antología de escritores víctimas de la última dictadura militar, titulada La razón ardiente (bilingüe español-inglés), con trabajos de Miguel Ángel Bustos, Roberto Carri, Haroldo Conti, Diana Guerrero, Héctor Germán Oesterheld, Roberto Santoro, Francisco Urondo y Rodolfo Walsh, junto a valiosas miradas de críticos y escritores sobre cada uno”.
Un lírico que cuenta historias
Mario Goloboff nació en Carlos Casares, provincia de Buenos Aires, en 1939. Su casa, hogar de músicos, le imprimió una percepción peculiar para las palabras. Una formación “extrañamente musical”:
“Afirmo, por ahí, que ‘soy un lírico que cuenta historias’. Viene, quizás, de mi formación poética. Y también musical; diría: extrañamente musical. Por esto: toda mi familia fue y sigue siendo una familia de músicos. Mi padre y mis tíos eran violinistas. Los tres varones y una hermana mujer, pianista, formaban un cuarteto que, cuando los llamaban, ponía música a las películas mudas (de Rodolfo Valentino, de Buster Keaton, hasta de Charles Chaplin) en el Cine-Teatro Verdi. Mis padres (ella, pianista) crearon una orquesta sinfónica en Casares, que recorrió la zona oeste. Mi hermano mayor es un importante crítico de música, Jorge Aráoz Badí. Mi hija menor, Sofía, es hoy una violinista de talla en conjuntos y orquestas de Francia, y primer violín en L’Orchestre Romantique Européen. Mi hija mayor, Cecilia, enseña lenguas, lo que es, como el mío, otro gesto musical”.
El sello familiar de los Goloboff quedó así en Mario quien, sin embargo, no se reconocería en la musicalidad sonora, sino en el fino lirismo de la palabra escrita.
“Ahora bien: siempre, en mi familia, cuando me escucharon cantar, dijeron que yo tenía mal oído. Y era cierto: cantaba y canto mal. Alguna vez, sospeché que me era aplicable la frase de Curzio Malaparte referida a la Virgen María (‘La luz pasó por ella como por un cristal, sin alterarlo’). Y sin embargo, a lo largo de este largo tiempo, he concluido lo que hago decir ahora a un personaje: ‘Tiene mucho oído. Aunque me parece haber comprobado que se trata de un oído particular: no de música, sino de versos, o de la música que hay en los versos’”.
Un joven Mario Goloboff se instaló en La Plata hacia 1956, cuando ingresó a la UNLP para continuar sus estudios. En 1963 se graduó como abogado y en 1966, publicó su primer libro de poesía, Entre la diáspora y octubre (Stilcograf).
-¿Cómo llegó usted a la literatura?
“Mi madre me decía los poemas que amaba cuando, todavía en sus brazos, recorría a veces la casa, el jardín, el patio, el pueblo. Luego, mis hermanos mayores me transmitieron lo mejor de la poesía latinoamericana y española que circulaba por entonces entre la gente de izquierda: César Vallejo, Pablo Neruda, Nicolás Guillén, Raúl González Tuñón. Y Antonio Machado, Federico García Lorca, Miguel Hernández. Después, tuve la suerte de recibir, en mi Colegio Nacional, a un profesor platense, Eithel Orbit Negri, quien, trabajando sobre aquel buen suelo, creo que lo enriqueció mucho. Y después, después. Leí lo que pude, escribí lo que pude; fui, tal vez, predestinado para la poesía y la literatura toda; no es que haya llegado a ella sino que ella me buscó y, probablemente, me encontró”.
Lo que pudo escribir Goloboff fueron cinco novelas, tres libros de poesía, uno de relatos, innumerables críticas literarias y artículos. Y, también, ineludibles ensayos sobre literatura argentina y sus figuras omnipresentes: Borges, Cortázar, Arlt.
- Usted es un gran conocedor y crítico de la literatura argentina y latinoamericana, ¿Cuáles son los rasgos distintivos -si es que los hay- de la literatura argentina de la actualidad?
“Desde el punto de vista temático, encuentro que la narrativa argentina actual está orientada a la exploración del pasado reciente, de lo que ha venido sucediendo en el país desde los setenta hasta acá (luchas políticas, dictadura militar, represión, “desaparecidos”, Malvinas…) y, desde el punto de vista del trabajo literario, a la atención de obras como las de Antonio Di Benedetto, Haroldo Conti, Rodolfo Walsh, Manuel Puig, Juan José Saer, que habían quedado un tanto postergadas bajo la sombra ineludible que imponían Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, quizás Leopoldo Marechal, seguro que Roberto Arlt. Hay, entonces, una renovación de formas y una búsqueda de estilos propios que se irán imponiendo con el tiempo”.
-Usted es autor de una biografía de Cortázar, en cuyo proceso dijo haberse metido mucho en el personaje ¿cómo afecta eso al estilo de un escritor, en este caso usted?
“Traté de ver a Cortázar desde su interior y, en materia literaria, desde su “laboratorio”. Me sorprendió bastantes veces, me hizo cambiar opiniones, consideraciones, estimas y rechazos. Aprendí mucho, creo, escribiéndola. Sobre él, sobre sus textos.
Como en el caso de los poetas de Chile, que deben esquivar permanentemente a Pablo Neruda, a Pablo de Rokha, a Nicanor Parra, o de los narradores mexicanos con Juan Rulfo, o de los colombianos con Gabriel García Márquez, nosotros, ahora, estamos (casi kafkianamente) condenados, para siempre, a evitar a nuestros grandes: Borges, Arlt, Cortázar. Sucede en todas las literaturas y en casi todas las generaciones. Pero eso es como la censura: obliga a aguzar la mente y la imaginación. Y termina provocando nuevos textos que, cuando son bellos, no se parecen a ninguno”.
Goloboff, ciudadano platense
Como se señaló, Mario Goloboff nació en el interior bonaerense. Más tarde se trasladó a La Plata, donde estudió y se graduó. Luego, el mugido de las botas por las calles lo exilió en Francia, donde enseñó literatura argentina y latinoamericana. Hoy reside en la ciudad de Buenos Aires, aunque, en el fondo de su alma, la brisa corra entre hojas de tilo.
“Vine a estudiar a La Plata, cumplidos los dieciséis años, y hoy enseño en la Universidad, creé y dirijo una colección de relatos en Ediciones Al Margen, y participo cuanto puedo en la vida cultural platense. Tengo, aquí, multitud de amigos, de antigua y nueva data. La Plata es mi lugar en el fondo del alma, si es que el alma existe. Aquí me casé, aquí nacieron mis hijas, de aquí me fui para lo que iba a ser después el exilio, en Francia. Y a La Plata he vuelto, afortunadamente, a dar lo poco o mucho que aprendí en la vida. Creo que los lazos no pueden ser más íntimos”.
En ciertos círculos literarios platenses, en una nueva generación de autores, se ha puesto en debate aquel título que décadas atrás ostentaba inequívocamente nuestra ciudad: La Plata, ciudad de los poetas.
“Para mí, sigue siéndolo, y no veo por qué habría que despojarla de este calificativo, el de una singularidad que la honra. La Plata fue siempre ciudad de poetas, desde antes de Almafuerte (el propio nombre se lo dio, dicen, nuestro poeta mayor, José Hernández, quien participó activamente en su fundación), de grandes figuras como Francisco López Merino, María de Villarino, Carlos Albarracín Sarmiento, Roberto Themis Speroni, de grupos, de movimientos colectivos y experimentales de poesía, de Eduardo Antonio Vigo, y hasta hoy continúa aquella tradición de la mano de ese enorme poeta que acaba de fallecer, Horacio Castillo, de algunos muy buenos poetas como Aurora Venturini, Juan Octavio Prenz (hoy, entre Italia y la Argentina), Osvaldo Ballina, Néstor Mux, y de esperanzas casi podríamos decir ya realizadas, como Marcelo Vernet, Sandra Cornejo, Adrián Ferrero y probablemente muchos más”.
En búsqueda de no perder de vista lo actual
Goloboff ha remarcado, en textos suyos, la necesidad de valorizar en su justa medida la obra de algunos de sus contemporáneos, como Osvaldo Soriano o Juan Gelman. Ello, ante la dificultad que tenemos para reconocer a los contemporáneos. “Y me parece justo luchar contra ello, contra esta suerte de ingratitud muy difundida. Una especie de obnubilación ante el presente, que solo nos permite ver lo inmediato, lo efímero, y no lo que esas figuras y sus mensajes contienen para el futuro, lo que después se llamará ‘historia’”, sostiene el escritor. “Así que –añade-, a cada rato, me llamo la atención y me esfuerzo por hacerlo: por reconocer la grandeza que, en medio del “fango de la historia”, ilumina a mis contemporáneos”.
Por su parte, en la actualidad Goloboff continúa escribiendo todo tipo de textos y ejerciendo la docencia en nuestra ciudad. “No es que ‘crea’ necesario escribir –aclara-. Para mí, ‘es’ necesario escribir. Por algo que debe de estar en la constitución física, orgánica mía, que me impulsa, permanentemente, a ello. No sé si definirlo como instinto, o más psicoanalíticamente como pulsión, pero así como otros necesitan hablar o cantar o estudiar o regar las plantas o reparar zapatos o curar, yo, si no escribiera ¿qué haría?”.
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Entre las obras de Mario Goloboff, se destacan las novelas Criador de palomas (1984), La luna que cae (1989), El soñador de Smith (1990), los ensayos Leer Borges (1978), Genio y figura de Roberto Arlt (1989), Julio Cortázar. La biografía (1998), Elogio de la mentira. Diez ensayos sobre escritores argentinos (2001) y el libro de relatos La pasión según San Martín, editado en La Plata durante 2005, dentro de la Colección El milagro secreto, de Ediciones Al Margen.
Además, es un activo militante por el reconocimiento de los valores de la comunidad judía en nuestro país. Al respecto, ha escrito: “En consonancia con la memoria de los hechos, pasados y más próximos, internacionales y locales, debería estar suficientemente asimilado en la conciencia política argentina que el antisemitismo es un problema que concierne a la sociedad en conjunto y no sólo a una de sus comunidades. En primer lugar, porque es una obligación de los Estados desterrar toda discriminación racial, nacional, religiosa, social, sexual, de edad, de lengua, etc.; luego, porque aquéllos tienen el deber de proteger a las minorías (por pequeñas y aisladas que estén) cuando conviven en su seno. Además, porque en Argentina han sucedido hechos sangrientos de extrema gravedad que, tomando como objetivo a la comunidad judía, sacudieron y afectaron a la sociedad toda; y finalmente (sin que esta enumeración de razones, como suele decirse, sea taxativa), porque la comunidad judía ha brindado, no menos que otras, numerosas pruebas de integración a la comunidad nacional y de sus deseos y voluntad de obtenerla”.
Foto por Ana Clara Bórmida.
2 dejaron su parecer:
una entrevista impecable...
Usté escribe "Hoy reside en la ciudad de Buenos Aires, aunque, en el fondo de su alma, la brisa corra entre hojas de tilo."
Suelo sentir algo similar, más allá que mi presente transcurra entre estas hojas de tilo de hoy, siento, en eso que podemos llamar alma, que la arena sigue entre los dedos de mis pies.
Bueno, sí, a veces me tomo esa licencias sin el menor empacho. Ah de ser una sensación linda la suya.
Un abrazo.
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