10 de abril de 2011


De ahí, doblada la esquina, se dirigió a la Gasolinera Sinclair, que a esa hora estaba desierta. Un único empelado atendía el servicio. Se trataba de un joven de aspecto serio, pero agradable, de anchos hombros, cabello netamente peinado con raya y recias mandíbulas que sobresalían un poco sobre el perfil de las orejas. En la pechera del uniforme llevaba una placa con su nombre: Max Jensen.

- ¿En qué puedo servirle? -le preguntó.

Gilmore sacó la Browning automática, calibre 22, y le ordenó que se vaciara los bolsillos. Conseguidos los billetes, se hizo, también, con la caja que contenía las monedas para el cambio, y dijo al empleado:

- Entre en los servicios.

Apenas trasponer la puerta, una segunda orden:

- Tiéndase en el suelo.

El piso estaba limpio. Jensen debía de haberlo fregado hacía menos de un cuarto d ehora. Ahora, mientras se tumbaba en tierra, hacía por sonreír.

- Las manos bajo el cuerpo -dijo Gilmore.

Jensen se quedó boca abajo, las manos en contacto con el abdomen. Todavía trataba de sonreír.

La dependencia tenía alicatadas de verde las paredes hasta la altura del pecho y, de ahí hacia arriba, pintadas de color canela. El suelo, de dos metros por uno y medio de superficie, estaba embaldosado de un gris mate. En la pared, un distribuidor de toallas de papel. El asiento del inodoro estaba hendido. En el techo, un aplique luminoso.

Gilmore aplicó la Browning a la cabeza de Jensen.

- Éste -dijo- es por mí.

Y disparó.

- Y este otro, por Nicole.

Y repitió el disparo.

El cuerpo respondió a cada uno de ellos.

Se levantó entonces. La sangre manaba en abundancia y se extendía sobre las baldosas con una rapidez impresionante. Parte de ella le alcanzó los bajos del pantalón.

Salió de los servicios y, los billetes en el bolsillo, la caja del cambio en la mano, cruzó el distribuidor de refrescos, cruzó ante el teléfono público y salió de aquella gasolinera, notable por su limpieza.


Norman Mailer, en La canción del verdugo. 1979.

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