
Se veía que su única aspiración era dedicarse a la literatura. Había pasado su infancia en una granja; luego, cursó la segunda enseñanza e ingresó en la Universidad de Minnesotta. Más tarde, trabajó de periodista, carpintero, segador y obrero, y anduvo vagabundo dos veces a través de Norteamérica. Quería ser escritor y tenía buenos relatos para redactarlos, relatos que narró pésimamente, no obstante lo cual se apreciaba en él una resolución terminante; eso podría superar su deficiencia. Se había pasado un año escribiendo en una cabaña que se había construido en Dakota del Norte. No me mostró ninguna composición suya porque, según él, carecían de valor literario.
Supuse que lo diría por modestia; luego, me dio a leer un relato publicado en un periódico de Minneápolis; estaba muy mal escrito. “Al comienzo –pensé- casi todos escriben mal; pero este muchacho es muy serio y la seriedad es una de las dos prendas esenciales en la dedicación a la literatura”. La otra es el talento, desafortunadamente.
(...)
Maestro: ¿Cree que llegaré a ser escritor?
Cronista: ¡Qué sé yo! Tal vez carezca de talento para ello o acaso no tenga la sensibilidad para penetrar en los sentimientos de las otras personas. Pero usted tiene cosas interesantes que contar; intente trasladarlas al papel.
Maestro: ¿Cómo debo referirlas?
Cronista: Escríbalas. Si trabaja en ello en cinco años, transcurridos los cuales averigua que no sirve, entonces puede pegarse un tiro lo mismo que ahora.
Maestro: Descuide que no me lo pegaré.
Cronista: Siendo así, venga a verme y se lo pegaré yo.
Ernest Hemingway, en Diálogo con el maestro (crónica de altamar). 1935.
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