
Julián Abet tenía una casa grande en los suburbios, fruto de un buen pasar. Tenía, entre muchas otras cosas, un coche nuevo y moderno, un cachorro de comercial de televisión y un empleo bien remunerado. Su querida esposa se llamaba Gabriela y todavía era tan bella como cuando decidieron casarse y juntos criar al pequeño Lucas, de cuatro años.
Julián era alguien joven y exitoso. Su tiempo transcurría en oficinas, reuniones de trabajo y agasajos en los mejores restaurantes de la ciudad (eso también era trabajo).
A menudo, regresaba ya entrada la noche al hogar y acariciaba a Simón, el cachorro, que ladraba histéricamente hasta reconocerlo. Le gustaba ver su coche bajo las luces del garaje, lo miraba y tocaba antes de cerrarlo. Entraba por una puerta lateral, sigilosamente, como un intruso. Luego chequeba que puertas y ventanas estuviesen cerradas y, por último, daba activación al sistema de alarma. Una vez que en los censores, dispuestos por toda la casa, las luces coloradas se encendían, cruzaba la sala y verificaba que el sistema funcionase apropiadamente. Mirando a uno de los censores, dejaba que la bocina sonase durante tres o cuatro segundos y luego detenía el escándalo. Así aseguraba el buen funcionamiento del sistema y, también, daba una señal de advertencia para aquel que estuviese planeando meterse donde no debe.
En la planta superior de la casa, la habitación del pequeño Lucas aparecía primera en su trayecto al lecho. El dormitorio del niño permanecía invariablemente iluminado por la luz del televisor que enfrentaba a la cama. El niño, una inquieta ardilla de tez blanca y ojos como huevos, se veía frente al aparato estuviese despierto o dormido, con la boca abierta y el brillante resplandor de los programas de apuestas proyectándose en su rostro inmaculado.
Julián Abet entraba y apagaba el bullicio. Controlaba, asimismo, si las ventanas de esta habitación estaban igualmente bien cerradas. Luego, se retiraba a su dormitorio.
Envuelto en un resonar de insectos nocturnos, Julián Abet se desprendía zapatos y camisa, colgaba con prolijidad sus pantalones y se recostaba en su porción de la cama. A su lado, su querida Gabriela. Era una mujer radiante y competitiva, lasciva y caprichosa. Solía ser infiel a su matrimonio de un modo cada vez más obsceno. Pero él no se atrevería a exponer el tema aunque las evidencias del adulterio fuesen inocultables y ella sabía bien que ninguno de sus ocasionales amadores podrían darle esa preciosa y prosaica vida familiar que le otorgaba Abet. Así, el círculo cerraba perfecto.
Una mañana de octubre, Julián Abet recibió un llamado a su teléfono personal. Gabriela, su esposa, había ocupado su mañana en una feria americana. Desbocada, había comprado un sinnúmero de objetos que no podía cargar en soledad, por lo que necesitaba la ayuda de su esposo y la camioneta del hermano de Abet. Dócil, Julián Abet se escabulló de sus labores, recogió la camioneta de su hermano y se presentó al mediodía en un chalet antiguo, en uno de los barrios tradicionales de la ciudad. Gabriela lo aguardaba, ofuscada por la tardanza.
- ¿Dónde estabas? Tardaste una eternidad y está por llover.
Sin siquiera sacarse los lentes oscuros, se subió del lado del acompañante y esperó que su marido cargara las compras.
Viajaron en silencio. En la casa, el trabajo fue menos duro para Abet: el jardinero se ocupó de todo, incluso de las pesada bicicleta fija que estaba al fondo de la caja. Era un modelo italiano, totalmente metálico y con una gran rosca de color rojo sobre el manubrio, que servía para ajustar el peso sobre el pedaleo. Julián Abet no se pudo explicar cómo alguien podía interesarse por un artefacto como aquél.
Los objetos recién comprados pronto se arrumbaron por los sitios inhabitados de la casa y nadie habló del tema. Lucas cumplió cinco años y sus padres le regalaron una consola de videojuegos. La pelota de fútbol, obsequiada por el padre el año anterior, nunca había sido inflada.
- Lucas es un hermoso niño. Y parece muy inteligente. En tu lugar lo alentaría de otro modo –su hermano era un cruel conversador.
- Sí, es muy avispado. Pero yo no tengo tiempo.
- Claro –el otro Abet torció el cuello y bebió mirando el parque.
- En serio.
Los llamaron. Lucas iba a soplar las velitas.
En los días siguientes volvió a hablar con su hermano. Se le mostraba igualmente desaprensivo y denegó la invitación al café. Mesa para uno. Bebió tanto alcohol como pudo, en soledad.
Semanas más tarde, Julián Abet regresó a su hogar caída ya la noche, como de costumbre. Las luces (todas) permanecían apagadas. Una nota sobre la mesa del living anunciaba que el pequeño Lucas dormía con una de sus tías aquella noche. Gabriela, su esposa, regresaría tarde. No recordaba si esa era la segunda o la tercera vez en la semana que leía una nota como aquella. Abrió la heladera. Bañado de la luz blanca, permaneció inmóvil y ciego como un cadáver sobre la camilla metálica de la morgue. Había decenas de productos comestibles pero no comió. Buscó en las alacenas algún licor. En la whiskera todo era adorno. Gabriela pensaba que el alcohol era algo ordinario hecho para gente desgraciada.
Salió al parque y vio, a un lado del solarium de la piscina, la bicicleta fija. Brillaba iluminada por una luna pesada y suplicante. Caminó hasta ella. Acarició la butaca, revestida en una cuerina clara, y se sentó en ella. Era insoportablemente incómoda y al bajarse sintió cómo algo lo amarraba del tobillo. Sus pantalones se habían enredado en uno de los pedales, lo que le hizo perder el equilibrio y caer de rodillas con el rostro a pocos centímetros del agua. Vio una mascarilla en la oscuridad. Se fue a dormir olvidando activar la alarma.
Al día siguiente procuró estar temprano en su casa. Gabriela miraba televisión en la sala. Subió con agilidad las escaleras y se presentó frente a su hijo con su mejor sonrisa en años. En el rostro inexpresivo del niño resonaban gruñidos de criaturas inimaginables. Julián Abet le quitó los controles de sus manos y lo invitó al parque. Estaba feliz.
El pequeño Lucas se encontró en el parque, acompañado por su padre, quien tenía una pelota de fútbol en los pies. Apenas sabía de quién se trataba; y nada sabía sobre la práctica de los deportes. En un descuido, el pequeño Lucas recibió un pelotazo en la panza y lloró, enrojecido por la furia. Julián Abet lo acarició y se disculpó, pero el niño no quiso otra cosa que volver a su cuarto.
Por la noche, el sueño no convergía en Julián Abet. Había trabajado poco, pensó. Se levantó del lecho y bajó a la cocina. Sólo pudo beber leche. Era una noche calma de verano. Salió al parque y oyó las chicharras por un rato, mientras bebía su leche. A un lado de la piscina, que reflejaba el cielo como una película de aceite, el blanco sillón de la bicicleta fija resplandecía como el mármol. Dejó el vaso en el suelo y se dirigió al aparato. Lo montó con destreza y comenzó a pedalear. La carga era pesada y la cadena emitía un chillido de metal. Cerró sus dedos sobre el manubrio y se exigió como nunca, hasta el amanecer.
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