Cuando Tomás Eloy Martínez murió, meses atrás, yo estaba leyéndolo. Había llegado a mis manos una compilación de crónicas periodísticas de su autoría bajo el título Lugar común la muerte. Se trata de una excelsa colección de crónicas hiladas por la dramática presencia de la muerte, narradas con justeza y la delicada prosa de Martínez. Lugar común la muerte, una verdad incontrastable.
Escribo estas líneas al estrépito de una noticia penosa. Horas atrás falleció en City Bell, suburbio de su amada La Plata, Martín Carrasco Quintana. Periodista, escritor, buen amigo, noctámbulo, lector incesante. Trabajó para los diarios La Nación, El Día, Diagonales y otros tantos. Superando los setenta años, aseguraba que estaba “aprendiendo” a escribir para radio. A fuerza de recorrer juzgados y despachos, se convirtió en un informante conspicuo del quehacer judicial, interés que heredó de una familia distinguida en el mundillo de las leyes. Martín estudió derecho en la UNLP, donde no alcanzó a graduarse. Su autoridad en el tema lo llevó, por ejemplo, a cubrir para La Nación el juicio a las Juntas Militares en 1985.
No conocí mucho a Martín. Compartí espacios laborales por poco tiempo y alguna conversación de café en compañía, también, de Guillermo, quien nos presentara. La brecha etaria que nos separó rayaba los cincuenta años, pero su voraz curiosidad nos emparentaba –creo- en algún punto. Persistía en la lectura sin satisfacerse ni agotarse (aunque admitía, con la mirada azul en la ventana, que ya no lo hacía con la celeridad de antaño), incluido el bisemanario Barcelona, y continuaba aplicando, con sonrisa pícara, aquella nomenclatura femenina que se basa en la dicotomía cogible-incogible.
Hoy, la noticia en el diario La Nación recuerda que Martín había nacido en La Plata el 6 de octubre de 1937. Que desde los 15 años desplegó su pasión por el rugby en el club Los Tilos, donde hizo depositar las cenizas de dos hijos, Facundo y Rodrigo. Resta recordar su amor por su esposa, Ana María, su convicción peronista y su visceral identidad gimnasista y platense, en ese orden.
Semanas antes de morir y sin anunciármelo, Martín llevó a una de nuestras reuniones de cátedra su libro sobre el crimen de Facundo Quiroga, Cómo se mata a un caudillo. Papeles de Barranca Yaco (El Calafate Editores, 2005). Lo deslizó sobre la mesa y lo puso ante mí. Leelo y después me contás qué te pareció, me dijo. A la llegada del resto de nuestros compañeros, a cuya vista estaba el libro, Martín llamó mi atención y, serio y vergonzoso, me indicó que guardara eso. Sus pendí mis lecturas de aquel momento y me aboqué a leer su libro. No estaba tan ansioso de llegar a la última página como de comentar su contenido con el autor. Leí el texto en una semana y lo felicité por el trabajo, una fuente de valor historiográfico invaluable (se trata, nada menos, de un resumen analítico de los 13 cuerpos que componen la investigación judicial del asesinato de Quiroga).
En aquella oportunidad, había olvidado el libro en mi casa. Como no se trataba expresamente de un regalo, creí que debía –al menos- tener el gesto de devolvérselo. Hoy me apena no poder intentar la devolución, aunque imagino que no querría aceptarla. Hubiese querido, también, poder haber conocido lo suficiente a Martín para recordarlo con una crónica digna, mágica, como las del libro de Eloy Martínez.