
El 30 de agosto de 2009 moría en La Plata uno de los artistas más originales de la rica escena de la ciudad. En su “República Separatista de Tolosa”, entre sus familiares, muzzarella y sin barullo, Alorsa cerró su obra con un tango gris.
Jorge Pandelucos (alias Alorsa) había nacido un 24 de noviembre de 1970 en La Plata y, a sus treinta y ocho años, contaba con un currículum extenso: barman, profesor secundario, ingeniero electrónico, turista de ultramar, taxista. Y desde los inicios del segundo milenio, militante de la resurrección del tango. O, como él decía, de la vuelta de un tango que no había muerto, sino que apenas si dormía siesta.
La Guardia Hereje, el grupo que formaba junto a Fernando Tato, Sebastián Marín y Leonardo Gianibelli, grabó dos discos, un extenso demo y un DVD y fue la nave insignia de un movimiento subterráneo de revitalización de la música ciudadana y los ritmos rioplatenses. Con el impostergable principio de interpretar sólo composiciones propias y dejarles las piezas de museo a los turistas de Caminito, La Guardia Hereje logró atraer a la juventud desentendida del tango a partir de letras domésticas, cercanas y despiadadamente actuales. Tangueras como un pibe tomando cerveza en la esquina.
“Somos un cuarteto platense que hacemos tangos, milongas, canción rioplatense y la idea es hacer temas propios –definía el Gordo-. Y sumarnos a esta corriente de renovación que tiene el tango y la milonga. Y que tiene que ver con abordarla con letras nuevas con las que la gente joven se pueda sentir identificada”.
Apoyado en el dueto de guitarras criollas de Tato y Marín, Alorsa pintó como nadie a los bacanes y los rana de hoy, al espíritu de quilombos y conventillos en plena era de la información. Supo que el lunfardo no había muerto sino mutado; que aunque el tango fuera espectáculo de “atléticos bailarines que saltaban demasiado” sus musas seguían ahí, entre nosotros, sólo que los autores eran los que habían desparecido y los intérpretes los únicos que quedaron, para “salvarse con Carlitos”.
Alorsa hacía apenas ocho años que tocaba la guitarra y componía. Siempre había escrito, era aficionado a la música y milonguero de alma. Además de las letras de tangos, valses y milongas de La Guardia, escribía textos que recitaba en vivo, produciendo lágrimas y carcajadas con similar facilidad.
Pero Alorsa no se contentó con poder interpretar sus propias canciones criollas. Él militaba por una revitalización de la música popular rioplatense como medio de expresión para las generaciones ajenas al tango o la milonga, como la suya, o como las que hoy bailan al ritmo de la cumbia o el reggaeton. Como amante del tango, Alorsa planeó y puso en marcha un movimiento en pos de cohesionar a todos los que, como él, tenían la osadía de desvestir de orquestas y fracs al tango para devolverlo a su primer amor: la guitarra y la poesía maldita de tugurios y bares de mala muerte.
La Guardia Hereje se convirtió rápidamente en un proyecto de vida para Alorsa y la reivindicación del “tango nuevo” o “tango garaje” (como lo bautizó la organización del último mundial de tango, última presentación del cantor junto a su conjunto) en una misión inalienable. Con ese espíritu recorrió radios y programas de tevé, países y provincias, justificando con sencillez y humildad la necesidad de mantener vivos los géneros populares del Río De La Plata mediante su resignificación desde la actualidad. Así organizó el “Tango Criollo Club”, el ciclo que por decenas de fines de semana llevó a La Plata a los mayores exponentes de este rejuvenecimiento: Dema y su Orquesta Petitera, El Yotivenco, Los Hermanos Butaca, La Quimera del Tango, entre otros. Todos ellos y más estuvieron el último 3 de octubre poniéndole voz a la presentación oficial del segundo disco de estudio de La Guardia Hereje, el excelente “13 Canciones Para Mandinga”.
La última vez que vi a Alorsa estaba donde lo conocí, haciendo equilibrio sobre una de las banquetas de la barra del Centro de Cultura y Comunicación de la calle 42. Tomaba un mate y llevaba la guitarra en la mano, venía de quién sabe dónde.
La penúltima había sido unas semanas antes de lo que fue, al fin, su despedida de los escenarios en Buenos Aires. Yo iba amarrado a un asiento del 273 cuando él subió, todo de negro, boina incluida, y pidió $ 1,10 al chofer, aunque supiera que iba a bajarse después de 532. Venía de ensayar, a la tarde iba a Buenos Aires, se quedaba, dormía en alguna catrera de prestado y después salía de recorrida, a radios, bares y antros a ver dónde podía tocar sus tangos. Tangos que, “mal o bien”, eran propios y nos hacía, a nosotros, sentir el tango con nuestra propia voz.
Este no es un final triste. Porque tristeza es, como dijo otro poeta de la ciudad, “estar muerto pareciendo vivo”. Y muy por el contrario, Alorsa está muerto pareciendo vivo.
Ayer, sus familiares, amigos, conocidos y admiradores estuvimos en su Tolosa, celebrando que siga estando entre nosotros.
Jorge Pandelucos (alias Alorsa) había nacido un 24 de noviembre de 1970 en La Plata y, a sus treinta y ocho años, contaba con un currículum extenso: barman, profesor secundario, ingeniero electrónico, turista de ultramar, taxista. Y desde los inicios del segundo milenio, militante de la resurrección del tango. O, como él decía, de la vuelta de un tango que no había muerto, sino que apenas si dormía siesta.
La Guardia Hereje, el grupo que formaba junto a Fernando Tato, Sebastián Marín y Leonardo Gianibelli, grabó dos discos, un extenso demo y un DVD y fue la nave insignia de un movimiento subterráneo de revitalización de la música ciudadana y los ritmos rioplatenses. Con el impostergable principio de interpretar sólo composiciones propias y dejarles las piezas de museo a los turistas de Caminito, La Guardia Hereje logró atraer a la juventud desentendida del tango a partir de letras domésticas, cercanas y despiadadamente actuales. Tangueras como un pibe tomando cerveza en la esquina.
“Somos un cuarteto platense que hacemos tangos, milongas, canción rioplatense y la idea es hacer temas propios –definía el Gordo-. Y sumarnos a esta corriente de renovación que tiene el tango y la milonga. Y que tiene que ver con abordarla con letras nuevas con las que la gente joven se pueda sentir identificada”.
Apoyado en el dueto de guitarras criollas de Tato y Marín, Alorsa pintó como nadie a los bacanes y los rana de hoy, al espíritu de quilombos y conventillos en plena era de la información. Supo que el lunfardo no había muerto sino mutado; que aunque el tango fuera espectáculo de “atléticos bailarines que saltaban demasiado” sus musas seguían ahí, entre nosotros, sólo que los autores eran los que habían desparecido y los intérpretes los únicos que quedaron, para “salvarse con Carlitos”.
Alorsa hacía apenas ocho años que tocaba la guitarra y componía. Siempre había escrito, era aficionado a la música y milonguero de alma. Además de las letras de tangos, valses y milongas de La Guardia, escribía textos que recitaba en vivo, produciendo lágrimas y carcajadas con similar facilidad.
Pero Alorsa no se contentó con poder interpretar sus propias canciones criollas. Él militaba por una revitalización de la música popular rioplatense como medio de expresión para las generaciones ajenas al tango o la milonga, como la suya, o como las que hoy bailan al ritmo de la cumbia o el reggaeton. Como amante del tango, Alorsa planeó y puso en marcha un movimiento en pos de cohesionar a todos los que, como él, tenían la osadía de desvestir de orquestas y fracs al tango para devolverlo a su primer amor: la guitarra y la poesía maldita de tugurios y bares de mala muerte.
La Guardia Hereje se convirtió rápidamente en un proyecto de vida para Alorsa y la reivindicación del “tango nuevo” o “tango garaje” (como lo bautizó la organización del último mundial de tango, última presentación del cantor junto a su conjunto) en una misión inalienable. Con ese espíritu recorrió radios y programas de tevé, países y provincias, justificando con sencillez y humildad la necesidad de mantener vivos los géneros populares del Río De La Plata mediante su resignificación desde la actualidad. Así organizó el “Tango Criollo Club”, el ciclo que por decenas de fines de semana llevó a La Plata a los mayores exponentes de este rejuvenecimiento: Dema y su Orquesta Petitera, El Yotivenco, Los Hermanos Butaca, La Quimera del Tango, entre otros. Todos ellos y más estuvieron el último 3 de octubre poniéndole voz a la presentación oficial del segundo disco de estudio de La Guardia Hereje, el excelente “13 Canciones Para Mandinga”.
La última vez que vi a Alorsa estaba donde lo conocí, haciendo equilibrio sobre una de las banquetas de la barra del Centro de Cultura y Comunicación de la calle 42. Tomaba un mate y llevaba la guitarra en la mano, venía de quién sabe dónde.
La penúltima había sido unas semanas antes de lo que fue, al fin, su despedida de los escenarios en Buenos Aires. Yo iba amarrado a un asiento del 273 cuando él subió, todo de negro, boina incluida, y pidió $ 1,10 al chofer, aunque supiera que iba a bajarse después de 532. Venía de ensayar, a la tarde iba a Buenos Aires, se quedaba, dormía en alguna catrera de prestado y después salía de recorrida, a radios, bares y antros a ver dónde podía tocar sus tangos. Tangos que, “mal o bien”, eran propios y nos hacía, a nosotros, sentir el tango con nuestra propia voz.
Este no es un final triste. Porque tristeza es, como dijo otro poeta de la ciudad, “estar muerto pareciendo vivo”. Y muy por el contrario, Alorsa está muerto pareciendo vivo.
Ayer, sus familiares, amigos, conocidos y admiradores estuvimos en su Tolosa, celebrando que siga estando entre nosotros.
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