Subió al 91 en la esquina de Gallo y Santa Fé. No eran más de las siete de la tarde. Se presagiaba otra noche de un junio húmedo que se había adherido tétricamente al rostro de las personas. Rostros fríos y adustos. Vacas al matadero, pensó; un vagón judío a Auschwitz.
Recoleta. Las estudiantes se bajan y dejan volar sus jerseys al pisar el asfalto. Él mira dos veces en derredor y se sienta veloz, en el asiento repentinamente vacío, junto a la ventana. Oye cuchicheos. Intenta disimular. Chequea sus bolsillos; el de los pantalones de jean, el de la campera deportiva.
Ahora hay un silencio expectante, un silencio de fieras al acecho. La ciudad pasa por el ventanal como una secuencia de negativos bajo una luz azulada. Brillan decenas de ojos en el coche. Los recorre un resplandor eléctrico, como si fuesen diminutos generadores de Van der Graaf.
La mochila.
Abajo se extendía la ciudad dormida, acurrucada en sus calles y en sus casas, encendida por sus rótulos rojizos y sus estrellas de hierro, con una luna construida en lo alto y las espiras atravesadas sobre el lecho (…) Dormía la destrucción.
El ómnibus se había introducido en un túnel que desembocaba en una caverna submarina. La máquina flotaba y sólo el leve ceceo de sus ejes revelaba un movimiento lento y constante. En la oscuridad, una bóveda de resuellos contenidos se cernía sobre su cabeza. La respiración efervescente de sabuesos amarrados.
Alzó la vista y no pudo distinguir nada. Volvió al libro; no podía descifrar su lenguaje. Elevó, de nuevo, sus esferas oculares resecas, como alzando al cielo la boca de los cañones. Y vio ojos como generadores de Van der Graaf, otra vez. Y roedores rollizos, reptando entre las piernas de los pasajeros. Lanosas alimañas cruzando el pasillo y cobijándose debajo de los asientos plásticos.
Se acurrucó contra la ventana, como un niño. El frío del acrílico le dio vida. Revisó sus bolsillos y comprobó la presencia de los bultos.
Una mano enorme se posó sobre el respaldo del asiento anterior al suyo. Debe pesar una decena de kilos, estimó. Una mano simiesca, callosa y velluda. Podría estrujar ese asiento como un pañuelo si quisiese, pensó. La mano pertenecía a un brazo grueso que se conectaba a una estructura arcaica y carnosa que respiraba debajo de un impermeable de nylon oscuro. Una nuca cubierta de pelo negro se ligaba al voluminoso espécimen mediante un cuello breve y mofletudo. Los pliegues de piel bajo la nuca le hicieron pensar en un rostro de doble faz; pronto ese cuello giraría sobre su eje y revelaría las facciones de una Linda Blair excedida de peso.
Temió que sus miradas se cruzasen y viró su vista a la ventana. Ningún indicio del lugar donde se encontraban. El ómnibus seguía atravesando oscuridades submarinas. Percibía la respiración de aquel tótem cárnico, temía voltear. Miró sus rodillas, el suelo, sus zapatillas de lona desgarrada.
Una frenada abrupta de la máquina irguió su cuello. Una figura humana, allá adelante, largo un estruendoso quejido. Bocinazo largo y vituperante. Sus sesos vibraron como el parche de un redoblante y sus dientes rechinaron como los frenos del ferrocarril.
Todavía estaban ahí. Percibía su respiración de fiera en la vigilia.
Se puso de pie y giró sobre su propio eje, con torpeza y resolución, y se dirigió al fondo del vehículo. Creyó escapar, pero pronto el suelo comenzó a vibrar, a palpitar. Poe; el dinosaurio asesino de Jurassic Park. El suelo crujía, estaba a punto de agrietarse ¿cómo nadie lo percibía?
Se aferró con ambas manos a los caños helados. La respiración de la bestia erizaba la piel de su nuca. Sentía a los bultos de sus bolsillos deslizarse como serpientes acuáticas. Ya no le importaba, sólo quería bajarse. Timbre, ¡timbre! El coche frenó con estruendo volcánico y él se apeó de un salto. Trastabilló en las baldosas flojas y volvió a erguirse estúpidamente.
- Oiga –la voz desató el espanto-. Perdió sus llaves.
Cruzó la avenida a la carrera y se cobijó al abrigo de la oscuridad.
4 dejaron su parecer:
siempre es un gusto...siempre
Creo que una vez yo también me subí a un colectivo con luz azulada. Habrá sido una experiencia genial porque amo el color azul y también amo cuando las cosas no se dan de modo convencional: digámosle NO a la luz blanca de una vez y para siempre. Yo se que sí, yo se que si...
Gracias de nuevo, estimado. Ana: lo creés porque íbamos juntos en ese colectivo, hasta que bajamos en Recoleta y vimos un mostruo.
Ah, tenés razón. Me pregunto por qué siempre sos imán de esas situaciones, LL.
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