20 de abril de 2010

Cincuenta y dos


Marco Rivero era un tipo difícil. La última vez que había estado en la cárcel se debía a su pequeño puesto ilegal de expendio de bebidas. Pero en las primeras hubo armas y sangre de por medio. Cuando lo conocí me dijo que los comentarios sobre su persona y su prontuario eran exagerados. Quizás no sabía lo que yo sabía. La cuestión es que, a la sazón, sus antecedentes eran mucho más inquietantes de lo que uno podría esperar para alguien de menos de treinta años. ¿Quién roba un auto con el sólo propósito de hundirlo y saciarse de placer mostrándoselo a su dueño, por la mañana, con el agua hasta el techo? Marco lo había hecho y citaba el episodio como muestra fehaciente de desproporcionalidad entre su persona y la figura del delincuente. El delincuente busca un objetivo material, me decía, él buscaba sólo una recompensa espiritual.



Lo conocí en un café cercano al puerto, un mediodía gris y helado. Nos sentamos en mesas contiguas y compartimos el diario. Desde entonces y por varios años, la escena se repitió una o dos veces a la semana. Él me hablaba siempre de su padre. Nunca lo calificó o criticó, pero cada vez que hablaba de su padre, el rostro de Marco adquiría un semblante recio que daba a entender lo que aquel viejo pescador había significado. El recuerdo de alguien que pudiera afectar de ese modo el gesto de Marco debió ser un espécimen digno de conocerse. A juicio de la información recabada en horas y horas de tertulias inútiles y alcohólicas, puedo asegurar que se trató de un gallego cascarrabias, cabezadura y patológicamente estricto. Un viejo que además había sido engañado con promesas baratas, de riqueza fácil y paraísos inexistentes. Que no tenía nada ni nadie, sólo un viejo y agrio rencor en la comisura de los labios, que era el motor y el cepo de una cotidianeidad triste y solitaria.


Hermes Igancio, se llamaba el gallego. Y Marco, su último hijo, fue quien más lo sufrió. Cada día de su niñez, Marco estuvo pegado al regazo del viejo padre. Todas las madrugadas, inequívocamente frescas y ventosas de Mar del Plata, padre e hijo abordaban una vieja barcaza hedionda y zarpaban a la búsqueda de camarones y otras alimañas marinas. Así era cada día. Si la pesca era buena, había comida. Si no, el gallego descargaba su furia contra las podridas maderas de la barcaza; o, quizás, contra la espalda de su pequeño hijo. Marco dice que al entrar a las comisarías, un rancio olor a pescado muerto le anuda la garganta.


Marco me contó que armaban el arbolito de navidad en un pequeño muérdago que su padre había plantado en el cantero frontal de la casa. El escuálido árbol crecía lentamente a un lado del caminito de baldosas amarillas que llevaba a la puerta de la casa, por lo que podía verse desde la calle. No había otro árbol de navidad en la casa o en la barcaza. Y siempre estaba vacío: Marco recuerda que nunca había tarjetas o regalos junto al tronco del cardo. No sabe cómo, pero sólo después de las doce de la noche de nochebuena, que esperaba a solas y en silencio con su padre, un bulto de tamaño medio aparecía encajado en la tierra revuelta bajo el muérdago. Creyó en Papá Noel muchos años, más de los recomendables. Aquel viejo medio rengo, con cara de gángster derrotado, cubierto de una fetidez perpetua, no podía tener algo que ver siquiera con ese gordo relleno de vida, de barba blanca como la espuma del mar, dadivoso, fuente inagotable de felicidad.


Una de las últimas navidades que Papá Noel estuvo por la vieja casa de Marco, las guirnaldas del pequeño árbol carecían del brillo original. Nunca había sido gran cosa, pero las guirnaldas (rojas, doradas y plateadas) le daban un brillo celestial por las noches, cuando el viento las agitaba y la luz de la luna las iluminaba. Eran como llamaradas, cuenta Marco, llamas increíblemente brillantes que querían alcanzar la vieja casa de ladrillos.


Marco siempre soñó con fuego. Uno de sus sueños recurrentes lo tiene a él como protagonista: lleva colgado de su hombro izquierdo un lanzallamas como los que vio en una película sobre la guerra de Vietnam. Apenas amanece y el camina, solo y tranquilo, por el puerto. Oye el quejido de los lobos marinos y el viento, que resuena como ropa húmeda agitada. Se da un tiempo para oler el profundo olor a sal y enciende el artefacto. Comienza por la barcaza de su padre, la número 52, y prende fuego todas y cada una de las barcazas, que luego de arder unos segundos, se hunden como cajas de fósforos. Una ocasional compañera había hecho una interpretación psicologista de aquel sueño. Le había dicho a Marco que él odiaba a su padre, por lo cual odiaba al mar, la pesca y todo lo que tuviera que ver con puertos o embarcaciones. Él reaccionó empujándola de la cama y le revoleándole un zapato que le rompió el labio. Cómo iba a ofender así a su padre.


El día que el viejo Hermes murió, sumergido en una tos oxidada por el viento salino, Marco bebió más que nunca. Estuvo en el bar hasta que todos nos fuimos. Lo vimos irse calle abajo sin siquiera prenderse los botones de su campera de corderoy. Una vez en su pequeña habitación de pensión, tomó la botella de vino que le habíamos regalado para su cumpleaños y que él guardaba como un tesoro en el placard.


Bebió y recordó a su padre, reconoció a Papá Noel y lo fundió con aquel hombre enjuto de rostro ajado por el viento y el frío. Soñó con barcos y árboles, con el inacabable sonido del océano y el crujir eterno de las tablas de la barcaza número 52. Cuando irguió la cabeza, dejando que la tibieza del sol naciente arropara sus mejillas, volvió a encontrarse solo. Y, por primera vez, comprendió a su padre.


*Imagen sustraída de http://ojosxlente.wordpress.com/

2 dejaron su parecer:

mareano dijo...

volviste, y eso està muy bien...

"Comienza por la barcaza de su padre, la número 52, y prende fuego todas y cada una de las barcazas, que luego de arder unos segundos, se hunden como cajas de fósforos."

¡brillante!

saludos

L.L. dijo...

se agradece, de agradece