21 de marzo de 2010


- Qué bonito –dijo el señor González, cuando Ignatius dejó de dar martillazos-. Le da cierto tono a la oficina.

- ¿Qué significa? –preguntó la señorita Trixie, plantándose bajo el cartel y examinándolo frenéticamente.

- Es sólo un cartel –dijo orgulloso Ignatius.

- No entiendo todo esto –dijo la señorita Trixie-. ¿Qué es lo que pasa aquí? –se volvió a Ignatius- Gómez, ¿quién es este individuo?

- Señorita Trixie, ya conoce usted al señor Reilly. Lleva ya una semana trabajando con nosotros.

- ¿Reilly? Creí que era Gloria.

- Ande, vuelva con sus cuentas –le dijo el señor González-. Tenemos que enviar esa declaración al banco antes de mediodía.

- Sí, sí, claro, tenemos que enviar esa declaración –convino la señorita Trixie, y se alejó camino del baño de señoras.

- Señor Reilly, no quiero presionarle –dijo cautelosamente el señor González- Pero he visto que tiene en la mesa mucho material por archivar.

- Ah, eso. Sí. Bueno, esta mañana, cuando abrí el primer cajón, apareció allí una rata de respetable tamaño que parecía estar devorando el expediente de Mercancías General Abelman. Me pareció que lo más razonable era esperar a que se saciase. No tengo deseo alguno de contraer la peste bubónica y que la responsabilidad recaiga sobre Levy Pants.

- Ha hecho usted muy bien –dijo nervioso el señor González, temblando ante la perspectiva de un accidente laboral.

- Además, mi válvula ha estado portándose mal y me ha impedido agacharme para examinar los cajones de más abajo.

- Tengo exactamente lo que usted necesita para eso –dijo el señor González, y entró en el pequeño almacén de la oficina en busca, supuso Ignatius, de algún tipo de fármaco. Pero regresó con uno de los taburetes de metal más pequeños que Ignatius había visto en toda su vida.

- Aquí tiene. La persona que trabajaba antes en los archivos lo utilizaba para poder desplazarse mejor cuando trabajaba en los cajones de abajo. Pruébelo.

- No creo que mi estructura corporal concreta pueda adaptarse fácilmente a un instrumento de ese género –comentó Ignatius, con un ojo de lince fijo en el oxidado taburete.

Ignatius había tenido siempre un sentido del equilibrio muy precario, y siempre, desde su obesa niñez, había sido propenso a tropezones y caídas. Hasta que cumplió los cinco años y logró al fin caminar de modo casi normal, había sido un amasijo de golpes y cardenales.

- Sin embargo, lo haré por Levy Pants.

Y se fue acuclillando poco a poco, hasta que su enorme culo tocó el taburete, con las rodillas llegándole casi hasta los hombros. Cuando se encontró asentado al fin, parecía una berenjena sobre un clavo.

- Esto no resultará. Me encuentro muy incómodo aquí encima.

- Inténtelo –dijo animosamente el señor González.

Impulsándose con los pies, Ignatius se desplazó inquieto siguiendo los archivos hasta que una de las minúsculas ruedas se empotró en una figura del suelo. El taburete se ladeó ligeramente y luego volcó, lanzando a Ignatius pesadamente al suelo.

- ¡Oh Dios mío! –aulló éste-. Creo que me he roto la espalda.

- Vamos –gritó el señor González con aterrada voz de tenor-. Le ayudaré a levantarse.

- ¡No! Nunca se debe mover a una persona que tiene la espalda rota si no hay una camilla a mano. No quiero quedarme paralítico por su incompetencia.

- Intente levantarse, por favor, señor Reilly –el señor González contemplaba el montículo que yacía a sus pies; le acongojaba muchísimo aquello-. Yo le ayudaré. No creo que tenga nada grave.

- Déjeme en paz –siguió Ignatius-. Es usted un imbécil. Me niego a pasar el resto de mi vida en una silla de ruedas.

El señor González sintió que los pies se le quedaban fríos e inertes.

El ruido de la caída de Ignatius sacó a la señorita Trixie del baño de señoras. Se acercó bordeando los archivos y tropezó con la montaña de carne en posición supina.

- Oh, qué barbaridad –dijo débilmente-. ¿Está muriéndose Gloria, Gómez?

- No –dijo ásperamente el señor González.

- Bueno, me alegro, me alegro –dijo la señorita Trixie, pisando una de las manos extendidas de Ignatius.

- ¡Dios santo! –atronó Ignatius colocándose de inmediato en posición sentada-. Se me han roto los huesos de la mano. Jamás podré volver a utilizarla.


John Kennedy Toole, en La conjura de los necios. 1980.

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