10 de marzo de 2010

Treinta y tres (Color humano)

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Finalmente, resolvió que se mataría veinte minutos antes de las nueve, la hora en que ella acostumbraba a llegar a casa. Luego de una frenética investigación por Internet, supo que veinte minutos era un tiempo prudencial para que el cadáver mantuviese aún algo de temperatura y alimentase así el remordimiento de una muerte evitable.


Su mejor amigo convino en que así debía ser, de modo que la culpa alcanzara dimensiones estrafalarias, en consonancia con la carta de despedida que habían escrito en conjunto, mediante un intercambio de correos electrónicos. Con esto comprenderá la intensidad de lo fatal –había comentado el consejero del hombre con retazos de vida-, al fin lo sabrá; y la culpa la inundará de tal modo que sentirá que le succionan el pecho desde los más hondo de los infiernos.


Pero aún quedaba un detalle, supuso el doliente al firmar de puño y letra el anuncio de su propia defunción. Oprimió su sello personal, aquel que lo acreditaba experto informático, debajo de su onírica firma y extendió la hoja de papel frente a sus ojos, tratando de emular la primera impresión que produciría en su destinataria. Algo faltaba todavía. La fecha, para que supiese que había sido todo repentino y a causa excluyente de su reciente actitud. Pensó que se vería apócrifa la aclaración con tinta azul, por lo que resolvió reimprimir la carta completa, con la debida aclaración estival.


Para su lamento, la segunda mitad de la carta, que constaba de tres páginas de recuerdos fantaseados y proyectos truncos, surgió ilegible de la máquina. Constató que la falla se debía al agotamiento de tinta en la impresora y maldijo su última suerte. No había repuesto, por lo que debía recargarlo. Impensable. Imposible. Lo imprimiría en el cyber café, contra todos sus preceptos, aquellos que aseguraban (entre otras cosas) que sitios como ése o los bancos, eran agentes de intromisión y espionaje.


Algo tan íntimo como su muerte no podía pasar por un indigno reducto como aquel. La transcribiría a mano. Sería lo mejor y –no lo había pensado antes- le daría un dramatismo superior, casi romántico, a los últimos momentos de su vida. De modo que se lanzó a la escritura, infundiendo a cada letra la textura y la ornamentación más adecuada para que se gravasen en la retina de los impíos ojos que la leerían. Se sintió feliz y agraciado por sus virtudes. Se tuvo algo de compasión y hasta dudó de su irrevocable decisión, pero no se echó atrás.


Firmó la carta, la puso ante sus ojos y se congratuló por su trabajo. Un repentino viento húmedo entró por la ventana entreabierta y agitó violentamente la hoja sepulcral. Escapó de las manos de su autor y dibujó una parábola circular que amenazó con despedirla a la vorágine de la avenida. Un corazón se detuvo antes de tiempo. La carta voló y se sumergió debajo del sofá, como un gato asustado. Vuelto el pulso, el suicida se arrodilló en su búsqueda y la encontró irreal. La apoyó sobre la mesa, debajo de una gallina de mimbre. La luz amarilla de la vieja lámpara –herencia maldita de su madre- le daba un buen tono, pero le resultaba impersonal aún. ¡Claro! ¡Cómo no se le ocurrió antes! Lo que faltaba era un sello visceral, un lazo fisiológico entre la vida y la muerte. Tomó el sello profesional y lo arrojó violentamente por la ventana –hubo de hacerlo en dos oportunidades, la primera vez rebotó contra el marco de aluminio-, cortando un lazo más de su existencia en este mundo y tomó una tijeras. Las vio relucientes contra la luces del anochecer e hincó una de sus puntas en la palma de su mano izquierda. Sintió quizás su última dolencia y la sangre brotó como el jugo de un fruto maduro. Vio correr el líquido hasta su muñeca y comenzó a sentirse mareado; supo que debía apresurarse y manchó la yema de su dedo índice en la sangre. Lo hizo con atención de cirujano y más tarde aplicó sus huellas dactilares sobre la carta. Eso era todo. Agitó la hoja de modo que la sangre se secase rápido y la apoyó en su posición final. Se dirigió al baño para lavarse la herida de su mano, pero a mitad de camino en el pasillo se arrepintió –era improcedente, en pocos minutos estaría muerto-.


Regresó a la sala y verificó una vez más la fortaleza de la soga que colgaba del techo. Tomó una de las sillas metálicas y se quitó los zapatos –todos los ahorcados que recordaba del cine iban descalzos-. Se arremangó –por costumbre- y cuando se acomodaba como una corbata la cuerda que le cortaría el aliento, sonó el timbre del teléfono. No atendería, ningún suicida lo haría. Pero en un instante de misericordia por él mismo, descendió de su altar de muerte y tomó el auricular. Era ella, la culpable. La saludó secamente, sin expresión en su voz. Hola. Ella fue igualmente parca. No vuelvo -le dijo-, cenaré con una compañera de trabajo. Cortaron. Él se miró los pies y las manos, se sentó. Tenía 33 años.

6 dejaron su parecer:

Ana Clara dijo...

El fulano debió haber sabido que la edad es vein-ti-sie-te. Después de esa cifra, el efecto no es el mismo porque no hay club para otros números. ¿O vos decís que si, y que sólo será cuestión de investigarlos? No lo se, lo que si se es que estamos todos locos. Eso sí, y Sartre estaría de acuerdo: cada uno elige si va a ser un loco malo, un loco pelutodo o más bien un loco feliz. O un loco a secas.

Lo último, ya me voy: se me ocurre que el fulano se llamaba Horacio.

mareano dijo...

Es un poco triste ver a Horacio (vamos a llarmarlo así, de acuerdo al designio de Ana) sentado al borde de la silla con su plan trunco.

Quizás no fue la misericordia, sino la debilidad lo que lo arrojó al teléfono. Así como un suicidio pensado antes en el efecto que en su fin en sí mismo.

Camus escribió hace algún tiempo que "Vivir, naturalmente, nunca es fácil. Uno sigue haciendo los gestos que ordena la existencia por muchas razones, la primera de las cuales es la costumbre. Morir voluntariamente supone que se ha reconocido, aunque sea instintivamente, el carácter irrisorio de esa costumbre, la ausencia de toda razón profunda para vivir, el carácter insensato de esa agitación cotidiana y la inutilidad del sufrimiento."

En este sentido, Ana tiene razón, a los treinta y tres, Horacio debería haberse hecho crucificar.

saludos
pd: siempre es un gusto pasar por ahí

Ana Clara dijo...

El cínico y moralista Horacio... por eso, me hizo acordar.

L.L. dijo...

Cínico, más que nada. El club es el de Cristo, pero debió haberlo pensado para que su crucifixión sonara creíble. Era un pelotudo.

Ana Clara dijo...

aaa, al final se suicidó? si me lo dejás pensar, yo pienso que no. Horacio, el verdadero, al final no muere. Sigue viviendo su vida como un pelotudo, comiendo torta frita y tomande mate con yerba Cruz de Malta.

mareano dijo...

Y sì, en definitiva y estamos de acuerdo en eso.

Horacito, es un pelotudo.

saludos

pd: el diminutivo, en este caso, lo hace aùn más pelotudo