17 de febrero de 2010

La noche del huracán


Tomé un litro de cerveza helado y subí con él al techo. Era una noche húmeda y clara, azul como el fondo del mar. Se podía oler la lluvia venidera.

Al subir, mis pasos sobre la chapa resonaron fuerte y me maldije: con anterioridad había puesto un disco que podía oírse desde el techo si es que nigún idiota hacía ruido. Me recosté sobre el metal y pensé en cuán feliz era cuando hube estado enamorado y cuánto más lo era ahora, solo y ebrio. El teléfono celular estaría en el bolsillo de algún jean; sólo me acompañaba el sudante envase de cerveza.

Hay cosas que no pueden olvidarse. La piel de una mujer, su voz susurrante, la temperatura de sus pies. Los modos, las palabras vacías pero fatalmente evocativas. Ahora la oyo, rimbombante y superflua, carcajada etílica perdida en los zumbares nocturnos de un bar de perdedores.

La música suena como debe. Así debe ser; lo mínimo. La felicidad... ¡allí está! ¡atrapala!

A veces pienso que debí haberla matado. Otras, que debí haberla amado más. De cualquier modo, eso ya no importa. Lo que hay ahora es esto. La noche.


3 dejaron su parecer:

Ana Clara dijo...

Yo que vos no me subiría al techo. Yo que vos tomaría coca. Yo que vos leería Rayuela.

mareano dijo...

El alcohol no es buen compañero, pero, aunque parezca contradictorio, es de lo más fiel y efectivo.

saludos

JB dijo...

Yo que vos le haría un poema a la mema, que por tener alcohol no es alcohol, es algo más poderoso. Es además motor esencial de miles de ceremonias y dueña del alma del burrito ortega.

Muy buena noche.