Conducir por las noches, lo más cercano a la libertad que el hombre moderno puede experimentar. Ir por las calles sin ley, deprisa pero sin destino, tomando cada esquina como un trago grueso de licor. Noche cerrada pero luminosa, con el suave trinar de hojas frescas, con la luna persiguiéndonos sin poder alcanzarnos. La música debe estar alta, las guitarras deben oírse bien, como si de veras estuvieran debajo del tablero. Thompson tenía razón; un coche donde suene buena música puede recorrer miles de kilómetros sin detenerse, el combustible es secundario. Bien, la música. Sí, la música. Debe ser ruidosa y heroica, debe hacernos aullar y apretar el acelerador y doblar rápido. Debe hacernos saltar de la butaca e introducir cambios de marcha innecesarios. No hay música para escuchar mientras se espera a la luz del semáforo. He aquí un problema.
A veces es necesario hacer rebajes abruptos y forzosos: no debe perderse de vista que estamos manejando un automóvil. Que somos nosotros quienes lo conducimos y que sin nuestras manos ha de estrellarse contra el primer árbol que aparezca. También es preciso cerrar la boca y dejar que el coche se deslice cuando pasamos junto a la policía. Ellos no harán nada, pero es mejor evitar problemas sin sentido. Más aún si llevamos algo más que música con nosotros. Siempre tengo el mismo temor: sobrepaso a dos policías en su móvil, nada pueden decirme, sólo mostrarme una mueca de poli malo de película; una cuadra adelante se cruza el camión de la basura y lo embisto, imperceptiblemente en la parte trasera y termino sobre la vereda. Los policías vienen a cerciorarse de mi buen estado, el cual no es bueno, sino excelente, pero en extremo malo a criterio de la ley. Soy detenido y entonces despierto. Mejor dicho, vuelvo a poner la mente en el volante, la calle, el pavimento.